Germán Dehesa.
Nuevamente se trata de una recopilación de columnas escritas por Dehesa en los periódicos, pero ahora se escogieron aquellas que hacen mención a sus hijos y su obvio papel como padre.
Los artículos comprenden de diciembre de 1984 a septiembre del 2001, casi 20 años en los que relata las anécdotas con sus 4 hijos, 3 con un matrimonio y el benjamín con Adriana Landeros, su segundo matrimonio y de quien por cierto, también recientemente, se separó. Enfermedades, las primeras palabras, las primeras lecturas, la escuela, las calificaciones, los ‘medios hermanos’, las vacaciones… situaciones por las que todos pasamos, son abordadas desde la perspectiva de un padre (igual que todos) que no tiene las habilidades ni la experiencia esperadas para ejercer como tal; aún así, los hijos crecen, siempre y cuando estén rodeados de amor.
La frase: Nadie se aleja de golpe de sus proyectos de vida: una concesión aquí, una omisión allá y de pronto ya no somos lo que podríamos haber sido, es de antología.
Calificación de 9.0 |
 No basta ser padre |
No sé si así sucede con todos los padres. Yo, ante los frutos de mi vientre vivo en constante sobresalto e inseguridad.
En una ocasión yo pedí unos camarones a la plancha. Me trajeron cinco camarones y me cobraron tres mil pesos. Me comí un camarón diario y al quinto me lo traje para madarlo disecar. Nunca había tenido nada tan valioso.
… yo tengo una hija de ocho años que fue bautizada como Juana Inés pero que es conocida en el bajo mundo infantil con el alias cariñoso de Viruta. Ella es tan maravillosa como cualquier niño. Para mí, lo es más aún puesto que amanezco todos los días oyéndola, mirándola y amándola. Ella y su hermano me educan todos los días al darme la lección más importante de todas. La lección de que la felicidad es posible. Viruta es una niña sana que reparte su tiempo entre la escuela, el baile, la lectura, el juego y la extasiada contemplación de un mundo que para ella es una constante sorepresa. La miro jugar y pienso en lo poco que ella necesita de mi y en la absoluta falta que yo tengo de su ternura y su cercanía. Pues bien, desde el famoso retorno a clases de enero mi hija Juana Inés comenzó a tener problemas respiratorios. Día tras día regresaba a la escuela cansada, tosiendo y con dolor de cabeza. Los periódico hablaban de inversión térmica. Los funcionarios se apresuraron a declarar que no había nada que temer. El doctor que vió a la niña no era de la misma opinión. Según él, tanto la niña como su hermano estaban afectados. Creo que a la mayoría de mis lectores les estpy contando una historia ya sabida. Antibióticos, vaporizadores, inhalaciones, jarabes, bufandas, etcétera. Es una historia cotidiana. Es también la historia de un crimen en el que nuestra pasividad juega un papel coadyuvante al lado de la inconcebible irresponsabilidad y desvergüenza de las autoridades. Hace tres días Juana Inés regresó de la escuela con fiebre y dificultades para respirar. En la tarde estaba con el doctor y en la noche fue internada con espasmo bronquial en el Hospital infantil privado. Yo he leído del dolor, lo he experimentado, sé que es componente ineludible de nuestra condición. Entiendo además que no hay pena personal comparable al infinito dolor que por siglos aqueja a una comunidad como la nuestra. Todo eso lo sé. De cualquier manera tengo que decir que yo jamás había sentido lo que sentí cuando vi a mi hija desnuda en una cama de hospital con su mascarilla de oxígeno y en su mano la aguja del suero. Por fin sé lo que significa real y verdaderamente que se le parta el corazón a uno. Y era el dolor de ella, el de su madre, el de su hermano y el de todos los que la queremos. Dostoyevsky tiene razón. No hay sufrimiento mas absurdo y terrible que el de los niños. Y hoy, nuestros niños sufren. Y no son víctimas de la fatalidad. Son víctimas de un sistema corrupto e inepto que o los condena a la miseria o los imbeciliza en el consumismo o, si les va bien, les provoca espasmo bronquial…
Para terminar, pequeña, le dije, quien tiene que decidir si mula es grosería, eres tú. Tú eres la única que sabes hacia dónde apuntaba tu palabra. Lo que yo te digo es que no hay una sola palabra que no tengas derecho a conocer y, llegado el caso, a pronunciar.
Los hombres tenemos un sexto sentido que, casi siempre, nos sirve para cancelar los otros cinco y para tomar la decisión equivocada, aun en esas circunstancias en las que actuar con sensatez parecería lo más fácil del mundo. Es, digámoslo así, un sexto sentido apocalíptico que, una vez puesto en funcionamiento, desencadena la catástrofe y la lleva a su plenitud a pesar de cualquier obstáculo que se le ponga.
… hay bellezas que es mejor contemplarlas a la distancia y dejar que la imaginación añada lo demás.
Es lo que podríamos llamar el síndrome de Pedro Páramo: en Comala y sus alrededores (la
República Mexicana) el padre o no está o, si está, es un “rencor vivo” que emite billetes, gruñidos, ronquidos y que, el resto del tiempo, lee el periódico o ve en la televisión partidos del América.
Los mexicanos no tenemos una buena relación con el dinero. Intermitentemente lo despreciamos y lo dilapidamos, o bien, lo endiosamos y nos aferramos a él de un modo totalmente insensato.
Yo sigo creyendo que las palabras son importantes. Creo que son nuestro único bien. Hay que conocerlas, hay que hacerse amigo de ellas y hay que invitarlas a jugar. Creo también, contra lo que opinan las buenas familias y los censores, que no existen las malas palabras. Existen, sí, las malas pasiones y las palabras mal usadas; si se conjugan estos dos factores, palabras tan respetables como crepúsculo o palangana pueden convertirse en terribles insultos.
Pensándolo bien, esto de ir a la escuela es horrible. Implica levantarse a unas horas inicuas, recorrer unos trayectos absurdos, aprender un cúmulo de inutilidades, alternar con seres extraños y exponerse a las influencias más insensatas. Todo esto a nombre del futuro y de la formación y de la utilidad a la patria y de no sé cuántas zarandajas más. Para que, además, a la larga resulte que los que no estudiaron y se dedicaron a vender rines de magnesio o a cantar baladas modernas, se hagan millonarios, y los que sí estudiaron sufran todos los días como locos para procurarse su alimento.
Me mira, lo miro, nos miramos. En verdad no sé qué responderle. Yo soy solamente su padre. No tengo entrenamiento ni como asesor vocacional ni -mucho menos- como consejero sentimental. Es aquí “donde” las preposiciones vienen en mi auxilio. Palabras más, palabras menos, esto es lo que le dije a mi hijo: Estimado Colima, sírvete en este momento aceptar mi renuncia irrevocable a ser tu padre. Los padres están siempre “ante” sus hijos o “frente” a sus hijos. Cuando esos hijos crecen, creo que es imprescindible un cambio de preposiciones. Nunca más estaremos uno ante el otro. De hoy en adelante estoy junto a ti; estoy contigo, te ceso como hijo y te doy la bienvenida como amigo. Juntos, uno “con” el otro vamos a ver lo que hacemos y lo que resolvemos (lírica popular); bienvenido a las ligas mayores.
Los humanos sólo soportan la realidad en dosis mínimas.
Papá ¿qué es coito? Frenazo violentísimo, sudoración abundante y respuesta improvisada: corto en portugués. No mentí demasiado. De que es corto, es corto.
Quien bien te quiere, te hará llorar.
Tengo fundadas razones para pensar que la vida… es una delicada trama de asuntos menores que, contemplados con la debida atención y lentitud, dejan de ser milagros.
Compartir una desgracia siempre ayuda.
…el problema no está en la mentira, todos los humanos mentimos, sino en la mala calidad de muchas mentiras. Según Wilde, para alacanzar la excelencia en el arte de mentir, un buen mentiroso tiene que hacerlo de manera gratuita y no tener más objetivo que restaurar la belleza del mundo.
… la palabra y las caricias que logran su plena efectividad cuando las palabras son como caricias y cuando las caricias son el lenguaje de la ternura.
Nadie se aleja de golpe de sus proyectos de vida: una concesión aquí, una omisión allá y de pronto ya no somos lo que podríamos haber sido.
A la fecha, y de modo totalmente empírico, puedo concluir provisionalmente que un hijo se logra bien si tiene una madre inteligente y un padre que no estorbe demasiado y que aporte una cuota suficiente de amor y humor.