Jorge Valdano.
Hubo un tiempo en que equivocarse en un pase significaba mucho, para mal. Yo empecé mi carrera profesional en Rosario, ciudad implacable con los malos jugadores. En uno de mis primeros entrenamientos, le di la pelota al Mono Oberti, viejo ídolo de Newell’s y mío, pero el pase no fue bueno. El Mono no hizo ni el menor esfuerzo por alcanzarla, me miró como si me hiciera un favor, y dijo: “Nene, al pie, y si no dedícate a otra cosa”. Ahora, cuando un futbolista falla el envío por tres metros, el compañero lo aplaude, no vaya a ser que el pasador se deprima. Otra avriante sobre aquella estética del fútbol, la cuenta Di Stéfano en su excelente libro Gracias, vieja, al recordarnos que antes, cuando se marcaba un penalti, no se festejaba. Daba vergüenza gritar como un loco el aprovechamiento de semejante ventaja. Eso es, daba vergüenza.
[de Ronaldo] uanto más cerca se está del portero más lejos se está del gol. También dicen los grandes que “los grandes jugadores rematan de segunda”, primero amagan el tiro y, cuando ven al portero revolcado, la empujan a la red.
El balón, por ejemplo, viene alto, lleno de incómodos efectos y el lo duerme. [...] Ahí es cuando Rivaldo convence al balón para que vaya donde a él se le antoje. Por ejemplo, para que busque una cabeza y se meta a la portería. No se equivoquen: el compañero no cabeceó el balón sino que fue Rivaldo quien baloneó la cabeza de un compañero.
Es muy cierto que sólo aparece de vez en cuando a lo largo de 90 minutos [Romario], pero su genialidad tendrá tres valores: nos emocionará, durará en el recuerdo toda la vida y ganará el partido.
Me gustaba su historia de Cenicienta que no pierde los zapatos aún dando facilidades [Maradona]. Siempre entrenaba con los cordones de las botas desatadas, y aunque todavía no entendí por qué no perdía las botas ni pisaba los cordones.
Y el genio se ponía a trabajar con unas ganas sólo equiparables a las que a veces pone en no trabajar.
En el fútbol la distancia que separa la alegría de la tristeza se mide en segundos.
Pero la cocaína es una mentira que cuando te devuelve a la tierra, en lugar de recuerdos deja vergüenza, culpa y huellas en la sangre para que la policía haga su trabajo y el periodismo lo convierta en un espectáculo.
Cuando jugadores y cuerpo técnico llevamos un rato largo debatiendo si había permiso para la desbandada general, Ricardo Bochini, que hablaba poco pero decía lo justo, pidió la palabra: “Yo a ustedes no los entiendo; son capaces de poner en peligro el campeonato por tener relaciones sexuales”. La reflexión era de una responsabilidad intachable, pero Bochini se guardaba un as en la manga que tenía que ver con lo que el deporte conoce como aplazamiento de la recompensa, y la Bolsa como inversión: “¿Ustedes no entienden que si salimos campeones del mundo al día siguiente nos follamos a todo el país?”. Sócrates, el filósofo griego (no el brasileño), nunca alcanzó tal nivel de persuasión.
Mondragón, portero de Colombia había realizado un partido inolvidable que no alcanzó para salvar el equipo de la eliminación. Cuando finalizó el partido, se puso a llorar de rabia en el patio de su casa (la portería) y a la vista de todo el mundo. Conmueve la derrota del luchador. Entonces empieza el desfile de los jugadores de Inglaterra, que le arriman consuelo. Pasa Beckham, Adams, Seaman… y esa ceremonia empieza a parecer un homenaje a la vergüenza. También actitudes se hace grande el fútbol.
Desde hace cuarenta años el maestro Zizinho viene repartiendo que “si nos hubiéramos enfrentado dos años, dos meses o dos horas después, Uruguay hubiera salido goleado”. Es posible, pero el partido fue ése, no otro, y empezóa las 14:55 del 6 de junio de 1950, cuando el árbitro dio la orden y Ademir tocó en corto para Jair.
El partido volvió al empate, pero bajo condiciones nuevas. Al Maracaná llegó el silencio. El miedo cerró 200,000 bocas. Rivadavia Correia Meyer, presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol, dice que “se podía oír el vuelo de una mosca… El silencio sólo lo quebraba el pitido arbitral y los gritos de Obdulio”.
Tengo un amigo que tenía una extraña teoría sobre la prudencia. Decía que como las carreteras son extremadamente peligrosas, hay que estar en ellas lo menos posible, por eso iba a 230 kilómetros por hora.
El mundo le admiraba, y yo el primero. Era el mejor líbero [Johan Cruyff], el mejor laterla, el mejor mediocampista, el mejor delantero que había visto desde dentro de una cancha. Su figura delgada y no muy alta parecía una postal de fútbol. La base de su talento era el engaño. Corría rápido porque iba a frenar, frenaba porque iba a salir rápido, amagaba un pase porque iba a regatear, iniciaba un regate porque iba a pasar, miraba a la izquierda porque preparaba una solución por la derecha…
No tira para matar sino para hacer sentir su superioridad.
De Cruyff dependía que el Barcelona fuera un equipo de juego agradable y voluntad ganadora. Algunas sofisticaciones tácticas, como aquella de poner a Lineker de extremo, habría que entenderlas como una proyección normal de un genio que disfrutaba jugando en cualquier puesto y creía que esa facilidad era común a todos los hombres.
El mejor Barcelona de Cruyff convertía un corner en una cesión a su propio arquero; lo sacaban en corto y tocaban la pelota hacia atrás encontraban a Zubizarreta para volver a empezar. En medio de la consagración de la seriedad, aquel equipo se sivertía jugando y el talento de sus grandes figuras encontraba las condiciones para ser eficaz el buen gusto. . Tocaban con griterio, ritmo y gracia, de modo que para los rivales perder el partido era sólo parte del problema, el problema entero era que te bailaban. El fútbol estaba de su lado y a lo mejor fue por eso que en aquellas tres grandes ligas que se decidieron tirando el balón al aire como una
moneda, el balón siempre les salió cara.
Ahora dicen que Italia ha perdido porque jugó Del Piero. Si para ganar tienes que prescindir de los buenos jugadores, a mí no me gusta [Cruyff]. Yo creo que si tienes mejores jugadores, ganas, sin olvidar que la derrota es parte del juego.
Todos los que se han educado en los equipos grandes desde muy jóvenes, difíclmente fallarán.
Por lo tanto, necesito jugadores que tengan fuerza, porque en el campo también tienen que tomar decisiones. Es pura lógica. De ahí que yo nunca haya estado de acuerdo con la teoría española de dar mucha importancia a la ficha, al fijo. A mi me importan las primas: por lo que has jugado, por lo que has ganado. Si has jugado cuarenta partidos, tienes que cobrar más que uno que haya jugado veinte.
Yo solo digo que la calidad lleva incluido el resultado. Nadie quiere ser bueno en el fútbol para perder. Un buen futbolista en los años de formación ha de tener el afán de ganar. Por mi calidad, tengo que ganar. Así es como yo lo veo. La manera más fácil de actuar es esconderse detrás de un resultado: jugamos mal, pero hemos ganado. Eso sólo vale en una final. Fuera de eso, no me vale. Mejor pasarlo bien todo el año y no hacer cosas absurdas.
Si usted quiere sentido estético, mire el diseño de sus camisetas, los peinados milimétricos, los dibujos de las barbas. Si quiere talento mire al banquillo (ahí está Del Piero, sentado con la solemindad de un faraón).
Un balón que pasa por Lothar Matthäus no recibirá nunca un adorno de regalo, pero a cambio tendrá reservado un destino adecuado. Todas sus cosas son de una eficacia sin pomposidad. Parece alemán.
Hay muchas formas de ser portero, pero ninguna es fácil. El portero atajador y el portero jugador, el showman y el sobrio, el kamikaze y el prudente. Necesitan de los años tanto como de la agilidad y los reflejos. Hace falta tiempo para asumir esa espantosa verdad que apunta Juan Santuraín: “Los goles se los hacen a todos, pero el vencido es el portero”. Cierto, él es el que viaja hasta la red a sacarse esa espina redonda. Ir a buscar la pelota maldita es como ir a buscar algo dentro del fracaso. Las primeras cien veces son duras, pero termina por crear carácter.
La esperanza es el sueño de los despiertos.
El instinto no gasta tiempo en aclaraciones.
Todas las pasiones son exageradas, y no son pasiones sino porque exageran.
Como el fútbol pretende hacer desaparecer el centrocampista cerativo, ya no hay una estación intermedia para que el balón repose un poco y busque asociarse. Queda el envío largo desde atrás… cuanto menos cerebro hay en el medio, más centímetros hay arriba.
Cuando uno dice que se va es que ya se ha ido.
El fútbol es engaño: aparentar una cosa para terminar haciendo otra.
Partamos de una conclusión: el jugador es un hombre inseguro y metido en escena (nervios, presión, fatiga…), tiene miedo. En tales situaciones busca amparo en aquello que más conoce. Por eso es tan difícil que un futbolista aprenda a usar su pierna inhábil cuando es profesional. Durante la semana tiene que ganarse el puesto, y el domingo hay mucha gente, así que le conviene resolver situaciones con el pie en el que más confía. Al otro pie, el mudo, no le dan ni la oportunidad de mejorar.
Hay que morir sin traicionarse.
Las respuesta de Maturana fueron tan lejos como el mismo Higuita en sus salidas: “El portero líbero no riñe ni con el fútbol espectáculo ni con el fútbol rito. Tiene sus riesgos, pero la vida es riesgo y sólo quien arriesga es libre”. Colombia se despidió de Italia 90 por un grueso error de Higuita. La revolución que da risa, título un diario italiano; a mí sólo me dan risa los que no saben soñar.
El balón nos gusta a todos, perop compartirlo es una necesidad.Por eso, los chicos, cuando no encuentran amigos, se consuelan con una pared. ¿Quién no jugó con el balón contra una tapia? Tocar y recibir, con el pie y con la cabeza, por bajo y por alto. En los partidos callejeros también había muros, bordillos o casas que usábamos de extremos. La pared jugaba para los dos equipos apoyando al que tenía el balón. Titular indiscutible.
Esa es la curiosidad histórica de la selección alemana: todos saben cómo van a jugar, pero nadie sabe como ganarles.
Francisco Maturana, que fue entrenador de Colombia, me gusta más: “Si juego bien y gano, es normal; si juego bien y pierdo, por lo menos obtuve un triunfo con el buen juego. En cambio, si juego mal y además pierdo, sufro doble derrota”.
El resultadismo es salir a defender con fiereza el empate y, si te meten un gol, cambiar a los que corren por los que juegan y salir a atacar, también con fiereza, para lograr el empate (puesto que ahora se va perdiendo). Con perdón: ¿Si el resultadismo no da resultados se sigue llamando resultadismo?
Si yo estoy en una fiesta en casa del presidente de la nación con un esmoquin y me llega una pelota embarrada, la paro con el pecho y la devuelvo como Dios manda [Maradona]. Dios manda devolverla con el pie, supongo.
El fútbol es un juego; por tanto, algo serio.
El juego activa las altas y las bajas pasiones y desde la conducción podemos privilegiar la especulación o la generosidad; pensar en el resultado como una consecuencia del buen juego o como un objetivo al que se llega desde la picardía, la destrucción y la trampa, porque una de las caratcerísticas del tramposo es que no quiere jugar sino ganar.
El temor a la derrota vence a la gloria de la victoria.
Escucha bien. Si te aburres o si te cansas, acuérdate de cuando soñabas, de cuando eras hincha, de cuando empezaste. Pero, sobre todo, acuérdate de no quejarte. Acuérdate, en fin , de los que de verdad trabajan y renuncian a algo, a lo que sea, para poder pagar la entrada del partido del domingo. Todo por verte.