Tlatelolco 1968.
Documentos del General Marcelino García Barragán.
Los hechos y la historia.
Julio Scherer García y Carlos Monsiváis.
| Magnífica investigación-crónica de los sucesos de 1968 en México. A la manera clásica de los autores, uno periodista, el otro intelectual (lo que sea que esto signifique), el libro desnuda una vez más los sucesos trágicos de aquel año. Dividido en dos partes, la primera Scherer narra las peripecias que sufre para conseguir el expediente personal del General Barragán (Secretario de Defensa con Díaz Ordaz) y remata con copias de los informes de las operaciones militares. Documentos fríos que revelan la verdad. Para la segunda parte Monsiváis, con su tono irónico, realiza una crónica de lo que significó el movimiento. Ampliamente recomendable si se quiere otra perspectiva de los hechos, sobre todo después que el pasado octubre se conmemoraran 40 años del movimiento. Calificación de 9.0 |
 Parte de Guerra |
Los hechos ya están consumados y la Historia que se escribe a largo plazo se encargará de darnos a cada uno el lugar que nos corresponde.
Sedentario, porfiado, de rotunda fealdad, a disgusto entre la multitud, Díaz ordaz llegó a la Presidencia de la República con antecedentes que lo marcaban. Jefe del gabinete en la ley de secretarías de Estado y jefe del gobierno en los hechos, sofocó hasta el crimen la huelga nacional ferrocarrilera de 1959 y metió en la cárcel a diez mil trabajadores que soltó poco a poco. Demetrio Vallejo, símbolo del movimiento, salió de prisión viejo, desmedrado.
Decía el general que Alemán había devastado la moral pública, deshonesto como hombre y como Presidente. Como hombre se había enriquecido hasta el escándalo y como Presidente había desviado la ruta de México en beneficio de los Estados Unidos.
Entre 7 y 8 de la noche el general Crisóforo Mazón Pineda me pidió autorización para registrar los departamentos, desde donde todavía los francotiradores hacía fuego a las tropas. Se les autorizó el cateo habían transcurrido unos quince minutos cuando recibí una llamada telefónica del General Oropeza, Jefe del Estado Mayor Presidenciasl, quien me dijo: Mi General, yo establecí oficiales armados con metralletas para que dispararan contra los estudiantes, todos alcanzaron a salir de donde estaban, sólo quedan dos que no pudieron hacerlo, están vestidos de paisanos, temo por sus vidas. ¿No quiere usted ordenar que se les respete? Le contesté que, en esos momentos le ordenaría al General Mazón, cosa que hice inmediatamente. Pasarían diez minutos cuando me informó el Mazón que ya tenía en su poder a uno de los oficiales del Estado Mayor, y que al interrogarlo le contestó el citado oficial que tenía órdenes él y su compañero del Jefe del Estado Mayor Presidencial de disparar contra la multitud. Momentos después se presentó el otro oficial quien manifestó tener iguales instrucciones.
Para justificar ante la opinión pública la intervención de las Fuerzas Armadas, el entonces Secretario de Gobernación, en mi presencia, le dió instrucciones al Rector Ing. Javier Barros Sierra, de organizar una manifestación de maestros y alumnos de la Universidad y el Politécnico; no imaginó, al inventar a este Héroe Civil, que las consecuencias serían trágicas para el País y su tranquilidad. El Sr. Rector Javier Barros Sierra, preocupado me preguntó si tendrían las suficientes garantías él y los manifestantes y si el Ejército no procedería a disolver la manifestación, a lo que le contesté que no se saliera de las indicaciones recibidas, o sea, llevar a cabo la manifestación partiendo de la Ciudad Universitaria hasta las calles de Félix Cuevas para regresar nuevamente al punto de partida y que no habría problema. El Rector de referencia en el transcurso de la manifestación escuchó el canto de las sirenas comunistas y creyéndose un Héroe en verdad y tomado muy en serio su papel de Caudillo Prefabricado, cometió la insensatez de izar nuestra Enseña Patria a media asta como protesta por la supuesta agresión a la Autonomía Universitaria; procedió también a rodearse de elementos contrarios al régimen gubernamental y a planear un verdadero problema estudiantil que creció en forma alarmante hasta el desenlace del 2 de octubre de 1968.
Como consecuencia de esta animadversión hacia el Ejército, la tarde del 2 de octubre, al presentarse el Ejército a darle apoyo a la Policía Preventiva, surgieron francotiradores de la población civil que acribillaron al Ejército y a los manifestantes. A éstos se sumaron oficiales de Estado Mayor Presidencial que una semana antes, como lo constatamos después, habían alquilado departamentos de los edificios que circundan a la Plaza de las Tres Culturas y que, de igual manera, dispararon al Ejército que a la población en general.
La Historia se escribe a largo plazo y la verdad resalta cuando, con el tiempo, se serenan las pasiones. Recordando respetuosamente al gran Juárez he de decirles que la Historia y, sobre todo, el Pueblo de México, se encargará de juzgarnos.
Terminamos el plan a las dos de la tarde y lo traducimos en órdenes que se cumplieron a las 15:30 de esa tarde. El Capitán Careaga faltando 20 minutos estaba acantonado en los departamentos vacíos del edificio Chihuahua, con órdenes de aprehender a Sócrates Amado Campos cuando estuviera al micrófono; el Coronel Gómez Tagle a las 3:40 del día 2 estaba con su batallón Olimpia con su dispositivo, para tapar todas las salidas del edificio Chihuahua, para evitar la fuga de los cabecillas que a las cuatro de la tarde ya estaban todos en los balcones del 3er piso y una terraza para empezar el mitín, este Capitán Fernando Gutiérrez Barrios. Empezó; y a la hora en que Sócrates estaba más entusiasmado hablando a la multitud con micrófono en mano, un soldado escogido por el capitán X, muy fuerte y decidido jaló de las piernas a Sócrates derribándolo, éste siguió hablando hasta que el Capitán le puso su pie en el micrófono y se lo quitó, en esoso momentos comenzaron los disparos de las cinco columnas de seguridad que a las órdenes de XXX estaban apostados en las azoteas de los demás edificios esperando al ejército quien contestó el fuego. En los priemros tiros cayó el General Toledo Comandante de Paracaidistas; durante el tiroteo murieron XX oficiales y XX tropa y 35 civiles muertos y XX heridos que las mismas columnas de seguridad de los estudiantes y disparos de la tropa hicieron en la refriega.
Por ningún concepto las armas se llevaran abastecidas, el Comandante del Batallón será el único que ordenará lo conducente para hacer fuego, en la inteligencia de que nunca será antes de tener 5 bajas por bala.
Todo el personal de la unidad exhortará al personal de estudiantes, desalojen dicha plaza, sin llegar a la violencia. Los comandantes vigilarán que por ningún motivo las armas serán abastecidas.
El Movimiento Camionero [de 1958], como se le conoce, es producto del azar, o del azar orientado por un grupo pequeño, lo que a estas alturas de lo mismo. Un día se produce el alza en los transportes, “severo golpe a la economía popular”. A las diez de la mañana, un camión atropella frente a su facultad al estudiante de leyes Alfredo V. Bonfil (cuya vocacion agraria lo depositó en la direccion de la Central Nacional Campesina del periodo de Echeverría). Como suele ocurrir, el incidente, politizado como es debido, se torna conmoción. En unas horas, Ciudad Universitaria es un cementerio de autobuses secuestrados, no sin escenas de violencia, y emisora de demandas de justicia para Bonfil, que dura unos días en el hospital.
Quien no es radical en su juventud, no sabrá bien cómo reprimir a los radicales en su madurez.
Si la resistencia estudiantil el 23 y el 26 de julio es la fundación política del Movimiento, la acción del rector Barros Sierra le aporta al 68 la legitimidad y la convicción de justicia, lo que salva a la protesta del destino de la tradición izquierdista, fácilmente reprimible y desgastable. Sin la certificación ética de Barros Sierra, el Movimiento se hubiese disuelto en el círculo fatal de las marchas y arengas.
De allí una hipótesis: lo que llamamos el 68 surge al chocar frontalmente la gana de no admitir el abuso y la consigna de evitar la subversión. El miedo a la transgresión organizada cree ubicado al enemigo urdido por su inventiva, y al golpear con saña desata la transgresión espontánea. Emitida la profecía (“Quieren boicotear los Juegos Olímpicos para dañar a México y a su Presidente”), se buscan con ahínco las evidencias de su materialización, y se les ubica en un grupo de jóvenes sorprendidos y airados. Y en respuesta a la barbarie que surge de los infiernos mentales, el “¡Ya basta!” se representa con piedras y palos y cocteles molotov.
Cuando vino lo de Tlatelolco, me quise ir de Méxixo para siempre. Este país no se merece a nadie, me dije, aquí sólo pasan chigaderas… Tardé en asimilar el fregadazo. Y luego, no he rectificado, ni transado, ni claudicado, ni entrado en razón, pero las oportunidades surgen y si se es competente, las opotunidades lo forman y lo reforman a uno. Para nosotros, los de la generación del 68, la experiencia de ese año fue amarga, pero al fin y al cabo fue experiencia de gobierno. Por lo menos, así lo veo en mi caso. De no haber participado en el movimiento, me la habría pasado domando sillas en las antesalas, preocupado por la sobriedad de mis trajes. Gracias al 68 entendí la mecánica de poder desde afuera, en las calles y las manifestaciones, en el miedo, en la joda.
[El Rector dice] Estoy siendo objeto de toda una campaña de ataques personales, de calumnias, de injurias y de difamación. Es bien cierto que hasta hoy procede de gentes menores, sin autoridad moral; pero en México todos sabemos a qué dictados obedecen. La conclusión inescapable es que, quienes no entienden el conflicto ni han logrado solucionarlo, decidieron a toda costa señalar supuestos culpables de lo que pasa, y entre ellos me han escogido a mi.
Del inagotable Oscar Wilde: “Uno puede vivir por años sin vivir verdaderamente, y de pronto toda la vida se agolpa multitudinariamente en una sola hora.”
… es curioso observar la indiferencia oficial a los enfrentamientos con los politécnicos, la única revuelta popular de consideración. Para explicar tal minimización, sólo dispongo de una hipótesis; al Presidente le importaban los universitarios muy especialmente porque eran la élite del relevo. Los demás eran pueblo, algo que se reprime sin condederle mayor importancia a sus intenciones.
Con una parte fundamental del CNH en la cárcel o en la clandestinidad, con el temor de los padres de familia que hasta ese momento apoyaban la politización de sus hijos, con la resaca de las imágenes escalofriantes, el Movimiento se extenúa.
Ya con Luis Echeverría en la Presidencia de la República, el método para liberar a los del 68 es típico de la hipocresía del régimen. En vez de admitir la monstruosidad del proceso, se le da curso a una táctia marrullera: salen porque son inocentes, pero a la cárcel fueron por su culpabilidad.