Octubre 2008


Así es… recién acaba de finalizar el clásico y las chivas se llevaron el triunfo de manera ‘cómoda’ ante las aguiluchas. Con dos tantos de Omar, el equipo logró sacar el resultado pese a que hubo un momento, sobre todo al inicio del segundo tiempo, en que se cayó, yo creó por cansancio, pero Efraín realizó ajustes y se recuperó el control del partido. El gol de la ventaja fue un verdadero poema. Con la victoria se da un importante paso rumbo a la clasificación. Buena semana de Omar Arellano que consigue 3 de los 5 goles que el Guadalajara consiguió en los tres últimos encuentros.

Ganó el clásico

Ganó el clásico

Anthony de Mello.

Sin duda, un autor infaltable en mi biblioteca porque me permitió abrir mi mente a diferentes formas de pensar y de concebir al Ser Supremo. Como el mismo comenta, los cuentos que cuenta no tratan de ser la verdad, sino de ayudar a encontrar una mejor relación con Dios. Pero le cayó el Vaticano con que se estaba desviando de las doctrinas del catolicismo y cristianismo y hasta hojas de advertencia pusieron en sus libros. No vaya a ser que la grey se nos desviara y se fuera con patas de cabra. En fin a mi me sirvió, en su momento para definir mejor mi posición, se puede decir hasta que para afirmar mis creencias. creo que cada quién y dependiendo de la disposición, le beneficia o lo deja de lado. De Mello es como la leche: o te gusta, o lo odias. Calificación de 9.5

En todos estos cuentos, “el Maestro” no es siempre la misma persona. Es al mismo tiempo un “gurú” hindú, un “roshi” zen, un sabio taoísta, un rabino judío, un monje cristiano, un místico sufí… Es Lao-Tse y Sócrates, Buda y Jesús, Zaratustra y Mahoma…

… el Maestro completó su lección con la historia del ladrón que encontró esta nota en la puerta de la caja fuerte que iba a reventar: “Por favor, no emplee dinamita, la caja no está cerrada. Basta con hacer girar el picaporte”. Y, en el momento que hizo girar el picaporte, cayó sobre él un pesado saco de arena, se encendieron las luces de la habitación, y la alarma despertó a todo el vecindario. Cuando el Maestro visitó en la cárcel al ladrón, éste no podía ocultar su resentimiento: “¿Cómo voy a poder confiar de nuevo en ningún ser humano?”.

“Iluminación”, dijo el Maestro, “significa saber exactamente dónde estás en un momento dado; y eso no es nada fácil…” Y habño de un conocidísimo amigo suyo que, a sus ochenta y tantos años, seguía recibiendo infinidad de invitaciones. Un día mientras consultaba su agenda durante una recepción, alguien le preguntó cuántos compromisos tenía para aquella noche. “Seis”, respondió el anciando sin apartar los ojos de su agenda. “¿Y qué hace usted: comprobar adónde tiene que ir a continuación?” “No. Trato de saber dónde estoy ahora mismo”.

La gente no está dispuesta a renunciar a sus celos y preocupaciones, a sus resentimientos y culpabilidades, porque estas emociones negativas, con sus ‘punzadas’, les dan la sensación de estar vivos, dijo el Maestro. Y puso este ejemplo: Un cartero se metió con su bicicleta por un prado, a fin de atajar. A mitad de camino un toro se fijó en él y se puso a perseguirlo. Finalmente, y después de pasar muchos apuros, el hombre consiguió ponerse a salvo. “Casi te agarra, ¿eh?”, le dijo alguien que habia observado lo ocurrido. “Si”, respondió el cartero, “como todos los días”.

Disecciona una rosa y tendrás una valiosa información -y ningún conocimiento- sobre la rosa. Hazte un experto y tendrás mucha información -y ningún conocimiento- sobre la realidad.

“Cuando hablas de la Realidad, dijo el Maestro, intentas expresar con palabras lo Inexpresable, de manera que lo más seguro es que tus palabras no se entiendan. Del mismo modo, las personas que leen esa expresión de la Realidad que llamamos ‘Escrituras’, se vuelven estúpidas y crueles, porque no siguen la lógica de las Escrituras, sino lo que ellas piensan que dicen las Escrituras. Y lo ilustraba con una parábola: El herrero del pueblo contrató a un aprendiz dispuesto a trabajar duro por poco dinerom y se puso a instruirlo: Cuando yo sauque la pieza del fuego, la pondré sobre el yunque; y cuando te haga una señal con la cabeza, golpéala con el martillo. El aprendiz hizo exactamente lo que creía que le habían dicho, y al día siguiente se había convertido en el nuevo herrero del pueblo.

La persona que ha alcanzado la Iluminación, decía el Maestro, es la que ve que todo en el mundo es perfecto tal y como es. ¿Y qué me dicen del jardinero?, le preguntó alguien, ¿también es perfecto? El jardinero del monasterio era un jorobado. Para lo que se supone que ha de ser en la vida, respondió el Maestro, el jardinero es un jorobado perfecto.

Como se aprende a confiar en la Providencia? confiar en la Providencia, dijo el Maestro, es como entrar en un restaurante de lujo sin llevar un céntimo en el bolsillo y encargar docenas de ostras con la esperanza de hallar una perla con la que pagar la cuenta.

El Maestro paseaba calle abajo cuando, de pronto, salió de un portal un hombre que chocó violentamente con él. El individuo fuera de sí, rompió a soltar palabrotas. El Maestro hizo un abreve inclinación, sonrió amablemente y le dijo: Amigo mío, no sé quién de los dos ha tenido la culpa de que chocáramos, pero no estoy dispiuesto a perder el tiempo tratando de averiguarlo… Si la culpa ha sido mía, le pido perdón, si ha sido suya olvídelo. Y, tras hacer una nueva inclinación y esbozar una nueva sonrisa, siguió caminando.

El Maestro solía decir que la Verdad está justamente delante de nuestros ojos y que, si no conseguimos verla, es porque no s falta perspectiva. En cierta ocasión se llevó a un discípulo a subir a una montaña. A mitad del camino, el discípulo se quedó mirando a la maleza con cara de pocos amigos, y preguntó: “¿Dónde está el maravilloso paisaje del que me hablabas?”. El Maestro sonrió burlonamente y dijo: Estás pisando encima de él, como podrás comprobar cuando lleguemos a la cima.

El afecto deforma nuestra percepción: éste era un tema en el que insistía el Maestro una y otra vez. Y los discípulos tuvieron la oportunidad de verlo ejemplificado cuando oyeron cómo el Maestro preguntaba a una madre: ¿Cómo esta tu hija? ¿Mi hija? ¡No sabes la suerte que ha tenido! Se casó con un hombre maravilloso que le ha regalado un coche, le compra todas las joyas que quiere y le ha dado un montón de sirvientes. Incluso le lleva el desayuno a la cama y le permite levantarse a la hora que quiera. ¡Un verdadero encanto de hombre! ¿Y tu hijo? ¡Ese es otro cantar…! Menuda lagarta le ha caído en suerte…! El pobre le ha regalado un coche, le ha cubierto de joyas y ha puesto a su servicio no sé cuántos criados… ¡Y ella se queda en la cama hasta el mediodía! Ni siquiera se levanta para prepararle el desayuno…!

Todo el mundo hablaba del líder religioso que había perdido la vida en una acción suicida. Y, aunque nadie en el monasterio lo aprobaba, no faltó quien afirmara que admiraba su fe. “¿Fe?”, dijo el Maestro. “Hombre, al menos tuvo el valor de defender sus convicciones hasta el final, ¿no crees?” “Eso no es fe sino fanatismo. La fe exige un valor aún mayor: el de reconsiderar las propias convicciones y rechazarlas si no cuadran con los hechos.”

Cuando el Maestro era todavía un muchacho, tenía un compañero en la escuela que no dejaba de ensañarse con él. Posteriormente, ya viejo y arrepentido, aquel tipo había acudido al monasterio, donde fue recibido con los brazo abiertos. Un día quiso abordar el tema de su antiguo comportamiento con el Maestro, pero éste no parecía acordarse de ello. “Qué no lo recuerdas?” “Lo que recuerdo con toda claridad es que lo olvidé”, dijo el Maestro. Y ambos se echaron a reír.

Una madre le preguntó al Maestro cuándo debría de iniciar la educación de su hija. ¿Cuántos años tiene la niña?, le preguntó el Maestro a su vez. Cinco. “¡Cinco! ¡Ve a tu casa corriendo: vas con cinco años de retraso!

Cuando le preguntaron si nunca se había sentido desanimado por el escaso fruto que sus esfuerzos parecían producir, el Maestro contó la historia de un caracol que emprendió la ascensión a un cerezo en un desapacible día de finales de primavera. Al verlo, unos gorriones que se hallaban en un árbol cercano estallaron en carcajadas. Y uno de ellos le dijo: ¡Oye, tu, pedazo de estúpido!¿No sabes que no hay cerezas en esta época del año? El caracol, sin detenerse, replicó: No importa. Ya las habrá cuando llegue arriba.

Un discípulo que solía padecer prolongados periodos de depresión le dijo al Maestro: “El médico no deja de insistir en que tome las medicinas que me ha recetado para mantener a raya la depresión” ¿Y por qué no lo haces?, le dijo el Maestro. “Porque pueden dañarme el hígado y acortar mi vida” Y prefieres tener un hígado sano antes que vivir tranquilo y dichoso? Un año de vida vale mucho más que veinte años de hibernación. Más tarde diría a sus discípulos: Con la vida ocurre lo que con los chistes: lo importante no es lo que duren, sino lo que hagan reir.

¿Cómo se reconoce a la persona iluminada? Porque, habiendo visto el mal como mal, la persona iluminada no puede hacerlo, dijo el Maestro. Y añadió: tampoco puede ser tentada. Si lo es, se trata de un impostor. Y contó la historia de un contrabandista que, huyendo de la policía, pidió a un monje con fama de santo que le escondiera la mercancía, porque, dada su reputación, nadie sospecharía de él. El monje se irguió indignado y ordenó al tipo que abandonara el monasterio al instante. “Te daré cien mil dólares por el favor”, le dijo el contrabandista. El monje dudo ligeramente antes de negarse. “Doscientos mil…” Pero el monje volvió a rechazar la oferta. “¡Quinientos mil!” Entonces el monje esgrimió amenazante un grueso bastón y le gritó: “¡Marcha de aquí ahora mismo: estás acercándote demasiado a mi precio!”.

El Maestro enseñaba que el cambiar, aunque fuera para bien, conllevaba siempre efectos secundarios que convenía examinar con cuidado antes de decidir el cambio: la invención de la pólvora significó una estupenda protección contra los animales salvajes, pero también dió lugar a las guerras modernas; el automóvil agilizó las comunicaciones, pero también agravó la contaminación atmosférica; le tecnología moderna salva muchas vidas, pero también suprime una serie de esfuerzos físicos, con lo que nuestros cuerpos se debilitan. “Erase un hombre”, dijo el Maestro, “Con un ombligo de oro que le ocasionaba constantes apuros, porque siempre que se bañaba, era objeto de toda clase de bromas. El hombre no hacía más que pedirle a Dios que le quitara aquel ombligo. Por fin, una noche soñó que un ángel se lo ‘desenroscaba’ y lo dejó encima de la mesa, tras de lo cual se esfumó. Al despertar por la mañana, comprobó que el sueño había sido real: allí, sobre la mesa, estaba el brillante ombligo de oro. Entusiasmado, se levantó de un salto… ¡y el culo se le desprendió y cayó al suelo!”.

A unos padres preocupados por la eduación de sus hijos, les citó el Maestro un dicho rabínico: No reduzcas a tu hijo a lo que tú hayas aprendido, porque ellos han nacido en otra época.

La principal razón por la que las personas no son felices es porque se complacen insanamente en sus sufrimientos, dijo el Maestro. Y contó cómo, viajando él cierta noche en la litera superior de un vagón de ferrocarril, le era imposible conciliar el sueño, porque en la litera inferior había una mujer que no dejaba de gemir: Que sed tengo, Dios mío, qué sed tengo. Una y otra vez se oía aquella lastimera voz, hasta que, finalmente, el Maestro descendió sigilosamente por la escalerilla, salió del departamento, recorrió todo el pasillo del vagón hasta llegar a los servicios, lleno de agua dos grandes vasos de papel, regresó con ellos y se los dio a la atormentada mujer: ¡Aquí tiene, señora: agua! Muchas gracias, señor. Dios le bendiga… El Maestro volvió a su litera se acomodó en ella… y a punto estaba de conciliar el sueño cuando, de pronto, oyó de nuevo la lastimera voz: ¡Qué sed tenía, Dios mío, qué sed tenía…!

¿Puede la acción conducir a la Iluminación?, le preguntaron al Maestro. Sólo la acción conduce a la Iluminación, fue su respuesta, pero ha de ser una acción desinteresada, hecha por sí misma como tal. Y explicó cómo un día, presenciando un partido de entrenamiento de un equipo de fútbol junto al hijo pequeño de uno de los jugadores, cada vez que éste conseguía un gol, todo el mundo aplaudía, mientras el pequeño permanecía impávido y se limitaba a mirar, aparentemente aburrido. ¿Qué te ocurre?, le dijo el Maestro; ¿no ves cómo marca goles tu padre? Sí; hoy sí los marca. Pero hoy es martes, y el partido de competición será el viernes… Ya veremos si entonces los sigue marcando… Y el Maestro concluyó: Desgraciadamente, valoramos las acciones si nos ayudan a ‘marcar goles’, pero no en sí mismas.

Una de las razones por las que uno se adhiere a una organización religiosa es porque ésta permite eludir la religión con la conciencia tranquila, dijo el Maestro. Y refirió entonces la conversación que había tenido con una discípula que acababa de hacerse novia de un viajante de comercio: ¿Es un hombre atractivo?, le preguntó el Maestro. Bueno… no especialmente. ¿Tiene mucho dinero? Si lo tiene, yo no lo he visto. ¿No tiene vicios ni malas costumbres? La vredad es que fuma y bebe mucho más de lo que debiera. ¡No te comprendo! Si no tienes nada bueno que decir de él, ¿por qué te casas con él? Porque se pasa la mayor parte del tiempo viajando. De este modo, tendré la satisfacción de estar casada sin tener que soportar la carga que supone un marido.

Al Maestro le gustaba jugar a las cartas y undía se encontraba totalmente absorto jugando al póker con algunos de sus discípulos durante un bombardeo nocturno. Cuando interrumpieron el juego para tomar una copa, la conversación giró en torno al tema de la muerte. Si ahora mismo, mientras jugamos, me muriera yo, ¿qué haríais?, preguntó el Maestro. ¿Qué querrías tu que hiciéramos? Dos cosas. La primera, quitar mi cadáver de enmedio. ¿Y la segunda? Repartir cartas.

¿Por qué acudiste al Maestro? Porque mi vida no iba a ninguna parte ni me daba nada. ¿Y a dónde va ahora tu vida? A ninguna parte. ¿Y qué te da ahora? Nada. Entonces, ¿cuál es la diferencia? Ahora no voy a ninguna parte, porque no hay ninguna parte adonde ir; y no obtengo nada, porque no hay nada que desear.

Cuando alguien quiso saber qué pensaba el Maestro sobre el mandato de Jesús a sus discípulos de odiar a sus padres, el Maestro dijo: Difícilmente encontraréis mayor enemigo que un padre. Y contó cómo en cierta ocasión se encontró en un supermercado con una mujer que empujaba un cochecito con dos niños dentro. ¿Qué niños más monos tiene usted!, le dijo el Maestro. ¿Cuántos años tienen? El médico, tres, respondió la mujer; el abogado, dos.

El Maestro se había propuesto destruir sistemáticamente toda doctrina, toda creencia y toda noción de la divinidad, porque estas cosas, originariamente pensadas para servir de puntos de referencia, se estaban tomando como auténticas descripciones. Y le gustaba citar el dicho oriental: Cuando el sabio señala con el dedo a la luna, lo único que ve el idiota es el dedo.

Una noche, el Maestro condujo a los discípulos a campo abierto para poder contemplar el cielo estrellado. Una vez allí, apuntando con el dedo a las estrellas, miró a los discípulos y dijo: Ahora, concentraos todos en mi dedo. Entonces comprendieron.

Los problemas humanos se resisten tenazmente a las soluciones ideológicas, como tuvo ocasión de comprobar el ‘reformista laboral’ cuando llevó al Maestro a ver cómo se abría una zanja con métodos modernos. Esta máquina, el dijo, ha dejado sin trabajo a decenas de hombres. Habría que destruirla y poner en su lugar a cien hombres trabajando con palas. ¿Y por qué no, dijo el Maestro, a mil hombres trabajando con cucharillas?

Dijo el Maestro: lo que vosotros llamáis amistad, en realidad es una transacción comercial: responde a mis expectativas, dame lo que yo quiero, y yo te amaré; no lo hagas, y mi amor por ti se convertirá en resentimiento e indiferencia. Y contó la historia de aquél individuo que, al regresar a casa después de un día de duro trabajo, fue recibido por su mujer y su hija de tres años. ¿No hay un beso para papá? No. Me qvergüenzo de ti. Papá está todo el día trabajando duro para traer dinero a casa, ¿y es éste el pago que tu le das? Ven aquí; a ver, ¿dónde esta ese beso…? Mirándole a los ojos, la preciosa criatura de tres años le dijo: ¿Dónde está el dinero? dijo un discípulo: Yo no cambio mi amor por dinero. Y replicó el Maestro ¿Acaso no es tan malo, o peor, que lo cambies por amor?

Al día siguiente, el Maestro contó la historia de aquel hotelero que se quejaba de los negativos efectos que suponía para su negocio la construcción de una nueva autopista. La verdad es que no te comprendo, le dijo un amigo. Todas las noches veo colgado en la puerta de tu hotel el cartel de ‘Completo’… Si, pero no te fíes de eso. Antes de que construyeran la autopista, cada noche tenía que rechazar a unas treinta o cuarenta personas, mientras que ahora no pasan nunca de veinticinco. Y añadió el Maestro: cuando estás decidido a sentirte mal, hasta los clientes que no existen son reales.

El Maestro tenía que saber que sus palabras ecedían muchas veces la capacidad de comprensión de sus discípulos. No obstante, les hablaba convencido de que algún día esas palabras arraigarían y florecerían en sus corazones. Un día les dijo: El tiempo siempre parece muy largo cuando esperas unas vacaciones o un exámen, algo por lo que has suspirado o has temido que llegara. Pero para quienes se atreven a abandonarse a la experiencia del momento presente – sin pensar en la experiencia misma ni desear que ésta se repita o que pueda ser evitada -, el tiempo se transforma en el resplandor de la Eternidad.

Te está destruyendo la molicie con que vives, le dijo el Maestro a un discípulo bastante indolente. Sólo un desastre puede salvarte. Y lo explicó del siguiente modo: Si arrojas una rana en una olla de agua hirviendo, saltará fuera al instante. Si la arrojas en una olla de agua que está calentándose muy poco a poco, la rana acabará perdiendo la tensión que le permita saltar en el momento oportuno.

Los discípulos se hallaban sentados a la orilla de un río. Si me cayera al agua, ¿me ahogaria? preguntó uno de ellos. No, le respondió el Maestro. No es el caerte al agua lo que hace que te ahogues, sino el quedarte dentro.

Cuando se celebraban las elecciones, el Maestro solía ser el primero en acudir al colegio electoral. Nunca pudo comprender por qué algunos discípulos renunciaban a ejercer su derecho al voto. La gente está dispuesta a pagar impuestos y a derramar su sangre por la democracia, decía. Pero ¿por qué no se toma la molestia de votar y hacer que funcione?

La Iluminación, dijo el Maestro cuando le preguntaron por ella, es un despertar. Ahora mismo estáis dormidos y no lo sabéis. Y les contó el caso de aquella mujer recién casada que se quejaba de que su marido bebía en exceso. Y si sabías que bebía, ¿por qué te casaste con él?, le preguntaron. ¡Yo no tenía idea de que bebía, dijo la mujer, hasta que una noche llegó a casa sobrio!

Un visitante trataba de explicar al Maestro cómo era su religión: Nosotros creemos que somos el pueblo elegido de Dios. ¿Y qué significa eso?, preguntó el Maestro. Que Dios nos ha escogido entre todos los pueblos de la tierra. creo poder adivinar, dijo el Maestro con su peculiar humor, cuál fue, de entre todos los pueblos de la tierra, el que hizo tal descubrimiento.

El Maestro, para divertir a sus visitantes, contaba a veces historias del inefable ‘mullah’ Nasruddin: Una noche, Nasruddin no paraba de dar vueltas en la cama. ¿Qué te pasa?, le preguntó su mujer. ¿Por qué no te duermes? Nasruddin le confesó que no tenía las siete monedas de plata que debía pagarle al día siguiente a su vecino Abdullah, lo cual le preocupaba tanto que le impedía dormir. Su mujer se levantó, se echó encima una bata, salió a la calle y se puso a llamar a gritos a Abdullah, hasta que éste se asomo a la ventana, frotándose los ojos de sueño, y preguntó: ¿Quién me llama? ¿Qué diablos ocurre?. La mujer le dijo: Sólo quiero que sepas que no vas a cobrar mañana tus siete monedas de plata, porque mi marido no las tiene. Dicho lo cual, la mujer regresó a casa y le dijo a su marido: duérmete, Nasruddin. Ahora, que se preocupe Abdullah. El Maestro concluyó: si uno tiene que pagar, ¿Por qué han de preocuparse todos?.

Cuando el predicador volvió sobre el tema de la buena noticia, el Maestro le interrumpió: ¿Qué clase de buena noticia es esa, preguntó, qué hace tan fácil ir al infierno y tan difícil ganar el cielo?

…Contó un día cómo, siendo niño, había oído a su padre, un famoso político, criticar severamente aun miembro de su partido que se había pasado al partido contrario. Pero, padre, si el otro día no hacías más que elogiar a un hombre que había dejado el partido contrario para pasarse al tuyo… Verás, hijo, tienes que aprender cuanto antes esta importantísima verdad: los que se pasan al otro partido son traidores; los que se pasan al nuestro son conversos.

He aquí un cuento que el Maestro contó a un filósofo que quiso saber por qué la inteligencia podía ser un obstáculo para alcanzar la Iluminación: Erase un avión en el que iban sólo tres pasajeros: un famoso científico, un boy scout y un obispo. El avión sufrió una avería, y el piloto anunció que el se largaba, pero que únicamente había tres paracaídas, y uno era para él: Los tres pasajeros deberían decidir quién de ellos debía quedarse. Dijo entopnces el científico: puesto que yo soy un hombre necesario para el país, supongo que uno de los paracaídas ha de ser para mí. Dicho lo cual, agarró uno y saltó afuera. El obispo miró al boy scout y le dijo: hijo mío, yo ya he vivido mucho, por lo que creo que lo más lógico es que el paracaídas restante sea para ti. No me importa morir. No será necesario, señor Obispo, dijo el boy scout. Todavía quedan dos paracaídas, porque ese tipo ha saltado con mi mochila. Y añadió el Maestro: De ordinario, la inteligencia no da cabida al conocimiento.

¿No vas a desearnos una feliz navidad? El Maestro echó un vistazo al calendario, vio que era jueves y dijo: Prefiero desearon un feliz jueves. Aquello ofendió a los cristianos que había en el monasterio, hasta que el Maestro se explicó: Son millones los que van a disfrutar, no el día de hoy, sino la Navidad; por eso su gozo es efímero. Pero, para aquellos que han apendido a disfrutar el hoy, todos los días son Navidad.

Un día, el Maestro dió una conferencia sobre el peligro de la religión, en la que, entre otras cosas, afirmó que las presonas religiosas emplean con demasiada facilidad a Dios para encubrir su propia pequeñez y egoísmo. Aquello provocó una enérgica réplica por parte de un centenar de dirigentes religiosas, que escribieron sendos artículos, con los que hicieron un nuevo libro, para refutar las palabras del Maestro. Cuando éste vio el libro, se sonrió y dijo: Si lo que he dicho no es cierto, habría bastado con un solo artículo.

Después de pronunciar un encendido discurso en un mitín político, un discípulo le preguntó al Maestro que le había parecido. Si lo que has dicho era verdad, le dijo el Maestro, ¿qué necesidad tenías de gritar tanto? Más tarde diría a los discípulos: le hace más daño a la Verdad el ardor de sus defensores que los ataques de sus enemigos.

¿Por qué son más los que no alcanzan la imaginación?, le preguntaron al Maestro. Porque consideran como una pérdida lo que enrealidad es una ganancia. Entonces refirió el Maestro el caso de un conocido suyo que se había dedicado al comercio y había conseguido que los clientes acudieran en masa a su establecimiento. Cuando el Maestro lo felicitó por lo bien que lo estaba haciendo, el otro le replicó con tristeza: Seamos realistas, amigo. Fíjese en las puertas del comercio: si la gente sigue acudiendo de ese modo y sigue empujando tantas veces las puertas, pronto tendremos que cambiar las bisagras.

¡Mi sufrimiento es insoportable!, dijo alguien. Y le replicó el Maestro: El momento presente nunca es insoportable. Lo que te hace desesperar es lo que piensas que va a suceder en los próximos cinco minutos o en los próximos cinco días. ¡Deja de vivir en el futuro!

El Maestro ilustraba del siguiente modo la actitud actual de las naciones ricas: Un hombre es despertado por los codazos de su mujer: Levántate y cierra la ventana; está helando ahí fuera. El hombre lanza un suspiro y dice: ¡Por Dios bendito! Si cierro la ventana, ¿va a dejar de helar?

El Maestro no se hacía ilusiones acerca de lo que la gente suele llamar amor. Y solía recordar una conversación que había oído, en sus años jóvenes, entre un político y un amigo suyo: ¿Ya sabes que nuestro vicepresidente piensa enfrentarse a ti en las elecciones? ¡Ese canalla…! Pero no me da miedo. Todo el mundo sabe que, si no ha ido a la cárcel, es únicamente por sus influencias políticas. Pues eso no es todo: también nuestro secretario piensa anunciar su candidatura… ¡Cóimo! ¿No tiene miedo de que le procesen por malversación de fondos? ¡Cálmate, hombre! Estoy bromeando… De hecho, acabo de estar con los dos, y ambos piensan colaborar en tu campaña. ¡Estarás contento…! ¡Me has hecho decir cosas horribles de dos de las mejores personas de nuestro partido!

¿Por qué no aconsejas nunca el arrepentimiento?, preguntó el predicador. ¡Pero si no enseño otra cosa…!, replicó el Maestro ¡Pues yo nunca te he oído hablar del dolor por los pecados! El arrepentimiento no consiste en afligirse por el pasado. El pasado ha muerto y no merece un solo momento de aflicción. Arrepentirse es cambiar de mente, es ver la realidad de un modo radicalmente distinto.

Cuando el Maestro oía decir a alguien: Me gustarpia mucho más mi mujer si fuese de otra manera, solía contar lo que le ocurrió a el un día mientras contemplaba una puesta de sol en el mar. ¿No es precioso?, le dijo entusiasmado a una pasajera que se encontraba junto a él apoyada en la barandilla. Si, dijo de mala gana la mujer. Pero, ¿no cree usted que estaría mejor con un poco más de rosa a la izquierda? Todo el mundo, dijo el Maestro, te resulta encantador cuando prescindes de las expectativas que te habías forjado sobre cómo deberían ser.

Pero, entonces, ¿qué es lo que hace que una acción sea importante? El realizarse por sí misma y poniendo en ello todo el propio ser. Entonces resulta ser una acción desinteresada, semejante a la actividad de Dios.

Cuando uno de los discípulos cometió una grave equivocación, todos esperaban que el Maestro le aplicara un castigo ejemplar. Pero cuando, rtanscurrido un mes, vieron que no pasaba nada, uno de los discípulos le manifestó al Maestro su desacuerdo: No podemos ignorar lo sucedido. A fin de cuentas, Dios nos ha dado ojos… Si, replicó el Maestro, y también párpados.

Hay una cosa que ni siquiera Dios puede hacer, le dijo el Maestro a un discípulo al que le aterraba la mera posibilidad de ofender a alguien. ¡Y cuál es? Agradar a todo el mundo, dijo el Maestro.

Un joves describía estusiasmado lo que soñaba poder hacer por los pobres. ¿Y cuándo piensas hacer realidad tus sueños?, le preguntó el Maestro. Tan pronto como llegue la oportunidad de hacerlo. La oportunidad nunca llega, dijo el Maestro. La oportunidad ya está aquí.

La mayoría de la gente prefiere salvar su dinero antes que su vida.

Jamás permitas que nadie te arrastre tan abajo que te haga odiarlos.

Los discípulos quedaron desconcertados cuando oyeron al Maestro decir que el mal, visto desde un aperspectiva más elevada, es bueno; que el pecado es una puerta de acceso a la gracia. Entonces les habló de la historia de Cartago, una especie de espina clavada en la carne de la antigua Roma. Cuando Roma, finalmente, arrasó Cartago, se relajó, se debilitó e inició su decadencia. Si desapareciera todo mal, concluyó el Maestro, el espíritu humano acabaría pudriéndose.

Un ejecutivo preguntó al Maestro cuál creía él que era el secreto de una vida dichosa y afortunada. Hacer feliz cada día a una peronsa, le respondió el Maestro. Y, tras unos breves instantes, dijo: Aunque esa persona seas tú mismo. Hizo otra breve pausa y añadió: Sobre todo si esa persona eres tú mismo.

Alguien preguntó al Maestro por qué se mostraba tan receloso respecto de la religión. ¿Acaso no era la religión lo mejor que tenía la humanidad? La respuesta del Maestro fue un tanto enigmática: Lo mejor y lo peor: he aquí lo que se obtiene de la religión. ¿Por qué lo peor? Porque la mayoría de las personas saben la suficiente religión como para odiar, pero no la suficiente como para amar.

Lo importante de la espiritualidad no es el esfuerzo, dijo el Maestro, sino el abandono. Cuando caes al agua y no sabes nadar, te asustas y te dices a ti mismo: No debo hundirme, y te pones a mover como un loco brazos y piernas… y, en tu angustia, tragas agua y acabas ahogándote. Mientras que, si te liberas de tus pensamientos y dejaras de hacer esfuerzos y te dejaras ir hasta el fondo, tu cuerpo regresaría a la superficie por sí solo… ¡Eso es la espiritualidad!

En una noche clara y estrellada, el Maestro obsequió a sus discípulos con sus conocimientos de astronomía: Aquella es la galaxia espiral de Andrómeda, dijo. Es tan grande como nuestra Vía Láctea, y su luz, a una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo, tarda medio millón de años en llegar a nosotros. Está formada por cien mil millones de soles, muchos de ellos más grandes que el nuestro. Luego, tras una breve pausa, dijo con una sonrisa: Y ahora que ya nos hemos puesto en nuestro lugar, vámonos a dormir.

El Maestro citó en una ocasión las célebres palabras del Bhagavad Gita en las que el Señor insta al devoto a meterse de lleno en lo más reñido de la batalla manteniendo a la vez, el corazón pacificado a los pies del Señor. ¿Cómo puedo yo lograr semejante cosa?, preguntó un discípulo. Decidiendo contentarte con los resultados, sean cuales sean, que tus esfuerzos puedan producir.

Lo malo de ti, dijo el Maestro al predicador, es que todo lo que dices es absolutamente cierto… y vacío. Los tuyos buscan la Realidad y lo único que tu les ofreces son palabras. Cuando el predicador quiso saber qué quería decir el Maestro, peste le dijo: Eres como aquel hombre que recibió una carta de una compañía financiera en la que se le decía: ¿Tendría usted la amabilidad de enviarnos la suma total de lo que nos debe? Y su respuesta fue inmediata y clarísima: La suma total de lo que les debo es de mil quinientos dólares.

El Maestro escribió al Gobernador una durísima carta para protestar or la brutalidad con que había sido reprimida una manifestación en contra del racismo. El Gobernador le respondió afirmando que no había hecho más que cumplir con su deber. Y éste fue el comentario que hizo el Maestro: Siempre que un estúpido hace algo de lo que debería avergonzarse, afirma que ha cumplido con su deber.

El Maestro refirió en cierta ocasión el caso de una mujer que acudió por tercera vez con su dentista para que le redujera la dentadura, porque, según ella, no le cabía. Si hago lo que usted me pide, le dijo el dentista, mucho me temo que la dentadura no va a caber en su boca como es debido… ¿Quién ha hablado de mi boca?, exclamó irritada la mujer ¡Dónde no me cabe la dentadura es en el vaso! Y el Maestro concluyó: Vuestras creencias pueden ajustarse a vuestra mentalidad, pero ¿encajan realmente con los hechos?

En cierta ocasión, el Maestro oyó casualmente cómo un discípulo, le decía a un visitante: Tengo a honra el hecho de haber sido personalmente admitido como discípulo por el Maestro, mientras que se cuentan por centenares los que han sido rechazados. Cuando tuvo ocasión, el Maestro le dijo en un aparte: Vamos a dejar una cosa muy clara desde el principio: si tú fuiste escogido, y otros no, fue únicamente porque tu estabas más necesitado que ellos.

A propósito de la eduación moral de los niños, el Maestro dijo en cierta ocasión: Cuando yo era un adolescente, mi padre me previno contra determinados lugares de la ciudad. Recuerdo que me dijo: No vayas nunca a un night club, hijo mío. ¿Por qué?, le pregunté yo. Porque verías cosas que no debes ver. Aquello, lógicamente, despertó mi curiosidad. Por eso, en cuanto se me presentó la primera ocasión , entré en un night club. ¿Y viste algo que no deberías haber visto?, le preguntaron los discípulos. Ciertamente que sí, dijo el Maestro. Vi a mi padre.

El fin de semana anterior, con la mínima diferencia, las chivas demostraron que siguen en su camino a la liguilla al dar cuenta del Atlante en el Estadio Jalisco. El solitario gol de Santana fue suficiente para demostrar que la yunta sigue.

Gol de Santana

Gol de Santana

Después, a media semana dentro de los cuartos de final en la Sudamericana, en el partido de ida se impusieron a los millonarios del River Plate por 1-2. Debido a la chamba, no pude ver el partido y me tuve que confromar con esuchar por radio, en medio del tráfico, la última parte del segundo tiempo; los reflectores fueron para el arquero Hernández y Arellano. Los goles fueron anotados por éste último y Marco Fabián.
Con estos triunfos, el equipo se prepara para el clásico de hoy.

Arellano pone el 1-0

Arellano pone el 1-0

[caption id="attachment_310" align="alignright" width="128" caption="Hernández se mostró a la altura"]Hernández se mostró a la altura[/caption]

Si!! como que se revienta; a pesar de que las chivas han mostrado mejoría, en los pasados dos partidos puede que hayan dejado escapar una de las última posibilidades de calificar a la liguilla. Primero, perdieron una clara ventaja de 2-0 (tantos de Reynoso y el Venado, este último un soberbio gol) que tenían sobre los tristes tigres y al final se dejaron empatar. Ahí perdieron dos puntos valiosísimos. Luego vino la visita al Superlíder San Luis y consiguieron un empate a cero. Hubo una jugada de doble rebote al poste de ‘el grande’ Martínez y que pudo significar una victoria valiosísima.
Haber si con estos dos resultados el barzón no se revienta.

No pudo conservar la ventaja

No pudo conservar la ventaja

[caption id="attachment_302" align="alignnone" width="128" caption="Empate con el líder"]Empate con el lider[/caption]

El sábado pasado, en partido de ‘visita’, el Guadalajara consiguío otra victoria por la mínima diferencia en el clásico tapatío. Sin duda la mejoría se va notando y aunque el gol de Xavi Báez fue un tanto circunstancial, sin duda fue el reflejo del mejor juego que las chivas hicieron en todas las líneas. Un punto importante digno de mencionar, es el atinado cambio en la porteria que se mandó Efraín Flores, haciendo debutar al joven Victor Hugo Hernández, quien demostró estar listo; ya será su asunto confirmar que está para titular y que no es llamarada de petate como Sergio Rodríguez.

0-1 al Atlas

0-1 al Atlas

[caption id="attachment_297" align="alignnone" width="64" caption="Portero debutante"]Portero debutante[/caption]

Y para confirmar la mejoría, las chivas se mandaron un partidazo en la Copa Sudamericana y vencieron a domiciolio 3-4 al Atlético Panaraense para dejar el global a favor de 6-5 y avanzar a la siguiente ronda. Tenía mucho tiempo que no me emocionaba con un partido así, tanto, que me regañaron por andar gritando…. Con sendos golazos de Pineda, Baez, Arellano y Santana, llegaron a estar en vanteja 3-1 y 4-3, sin embargo los brasileños, pues son los brasileños y por poquito alcanzan. El equipo se va mostrando mejor, y sobre todo, no se dejó influenciar por los problemas legales de Vergara y los socios anteriores, que por cierto, quién sabe dónde vaya a parar. Bien por las chivas!

Golazo de Arellano

Golazo de Arellano