Julio 2008


El sábado 12 nos fuimos de nuevo al cine, aprovechando que teníamos que ir al centro decidimos ir a Grand Plaza para no desviarnos tanto y además las entradas eran más baratas; ya que estuvimos ahí, nos dimos cuenta por qué. Los cines estan bastante descuidados y muy incómodos, lo peor, para mi, es que no venden crepas :(

Pero la película resultó más agradable de lo que creí, con muy buena temática, acción y risas. Lo que más me gustó fue la sabiduría del maestro Oogway, la tortuga, sobre todo cuando dice: nos preocupamos, por lo que pasó o por lo que va a pasar, pero no por lo que está pasando…. o algo así, esa es la idea. Muy buena… y recuerden.. no existen los accidentes!

El sábado pasado nos lanzamos a ver la esperada pelí Wall-e de Pixar, y estuvo de lujo. La película en sí es bastante aceptable, buen guión y pues está de más decir respecto a las animaciones. Pero esta vez las secuencias de Wall-e en la tierra me dejaron boquiabierto: lo único que a mi me parecía animación (y eso porque se que no existe Wall-e) era el mismo robot, lo demás era de una realidad casi palpable. Muy buen mensaje: ecológico, de amor y de esperanza.
Lo malo es que en medio de la película me estuvieron hablando de la oficina. Me esperé que terminara para contestar; primero lo primero.

Gabriel García Márquez

Miguel Littin, cineasta chileno, fue exiliado tras el golpe militar de Pinochet. En 1985, decide hacer una película en Chile, cuando aún la dictadura está en el poder. Para hacerlo, junto a sus cómplices de lucha y profesión, urde un plan para internarse en Chile, con una nueva personalidad y aceptando los riesgos inherentes. El Gabo, fiel a su estilo, recoge el testimonio del director y lo plasma en este libro, contándolo en primera persona. Obra que en lo personal yo no conocía pero que para no variar, me dejó atónito. Calificación de 10. Clandestino en Chile

Ahora, evocando aquella rara experiencia, [fingir un matrimonio] me pregunto si después de todo no éramos un matrimonio perfecto: apenas si podíamos soportarnos bajo un mismo techo.

Lo único que debía evitar era reírme, pues mi risa es tan característica que me habría delatado a pesar del disfraz. Tanto, que el responsable de mi cambio me advirtió con todo el dramatismo de que fue capaz: “Si te ríes te mueres”.

Te vi como alguien a quien había visto antes, pero que no sabía quién era.

.. asumí la condición extraña de exiliado dentro de mi propio país, que es la forma más amarga del exilio.

… tengo la superstición de que siempre me va mal si regreso a un sitio donde he corrido un riesgo.

Los hijos dan más problemas cuando están grandes.

Desde el taxi que nos llevaba hacia el centro de la ciudad, a través de una niebla densa y helada, vimos la cruz solitaria en el atrio de la Catedral, y el ramo de flores perpetuas mantenidas por manos anónimas. Sebastián Acevedo, un humilde minero del carbón, se había prendido fuego en ese sitio, dos años antes, después de intentar sin resultados que alguien intercediera para que la Central Nacional de Información (CNI) no siguiera torturando a su hijo de veintidós años y a su hija de veinte, detenidos por porte ilegal de armas. Sebastián Acevedo no hizo una súplica sino una advertencia. Como el arzobispo estaba de viaje, habló con los funcionarios del arzobispado, habló con los periodistas de mayor audiencia, habló con los líderes de los partidos políticos, habló con dirigentes de la industria y el comercio,habló con todo el que quiso oírlo, inclusive con funcionarios del gobierno, y a todos les dijo lo mismo: “Si no hacen algo por impedir que sigan torturando a mis hijos, me empaparé de gasolina y me prenderé fuego en el atrio de la Catedral”. Algunos no le creyeron. Otros no supieron qué hacer. En el día señalado, Sebastián Acevedo se plantó en el atrio, se echó encima un cubo de gasolina, y advirtió a la muchedumbre concentrada en la calle que si pasaban de la raya amarilla se prendería fuego. No valieron los ruegos, no valieron órdenes, no valieron amenazas. Tratando de impedir la inmolación, un carabinero pasó la raya, y Sebastián Acevedo se convirtió en una hoguera humana. Vivió todavía siete horas, lúcido y sin dolor. La conmoción pública fue tan radical, que la policía se vio forzada a permitir que su hija lo visitara en el hospital antes de morir. Pero los médicos no quisieron que lo viera en su estado de horror, y sólo le permitieron hablar por el citófono. “¿Cómo sé yo que tú eres Candelaria?”, preguntó Sebastián Acevedo al oír la voz. Ella le dijo entonces el diminutivo cariñoso con que él la llamaba cuando era niña. Los dos hermanos fueron sacados de las cámaras de tortura, tal como el padre mártir lo había exigido con su vida, y puestos a disposición de los tribunales ordinarios. Desde entonces, los habitantes de Concepción tienen también un nombre secreto para el lugar del sacrificio: Plaza Sebastián Acevedo.

… Allende fue tantas veces candidato a lo largo de su vida, que antes de ser elegido se complacía en decir que su epitafio sería: Aquí yace Salvador Allende, futuro presidente de Chile. Lo había sido cuatro veces hasta que lo eligieron, pero antes había sido diputado y senador, y siguió siéndolo en elecciones sucesivas [...] Al contrario de tantos políticos que sólo han sido vistos en la prensa o en la televisión, o escuchados por la radio, Allende hacía política dentro de las casas, de casa en casa, en contacto directo y cálido con la gente, como lo que era en realidad: un médico de familia. [...] Siendo ya presidente, un hombre desfiló frente a él en una manifestación llevando una pancarta insólita: “Este es un gobierno de mierda, pero es mi gobierno”; Allende se levantó, lo aplaudió, y descendió para estrecharle la mano.

… lo que perdura en la memoria de las poblaciones no es tanto su imagen [de Allende], como la grandeza de su pensamiento humanista. “No nos importa la casa ni la comida, sino que nos devuelvan la dignidad”, decían. Y concretaban: -Lo único que queremos es lo que nos quitaron: voz y voto.

Llegan de todo el mundo [a la casa de Neruda], a pintar corazones con iniciales y a escribir mensajes de amor en la cerca que impide la entrada[...]. Si alguien tuviera la paciencia de hacerlo, podrían reconstruirse poemas completos de Neruda poniendo en orden los versos sueltos que los enamorados han escrito de memoria en las tablas de la cerca. Lo más impresionante de nuestra visita, sin embargo, era que cada diez o quince minutos aquellos letreros parecían cobrar vida con los temblores profundos que sacudían la tierra. La valla quería salirse del suelo, las maderas crujían en los goznes y se oían tintineos de copas y metales como en un balandro a la deriva, y uno tenía la impresión de que era el mundo entero el que se estremecía con tanto amor sembrado en el jardín de la casa.

Así caí en la angustia tantálica de los presos que cavan un túnel para escapar, y no saben dónde esconder la tierra.

Me sentía tan ligado a ellas [a las cajetillas de cigarros], que resolví guardarlas por el resto de mi vida, como una reliquia de tantas experiencias duras que la memoria pondría a hervir a fuego lento en las cocinas de la nostalgia.

De pronto, varios niños se sentaron a mi lado, y me dijeron: -Sáquese una foto con el futuro del país.

A los setenta y dos años descubría que su verdadera vocación había sido la lucha armada, la conspiración, la embriaguez de la acción intrépida. -Para morirme en una cama con los riñones podridos -dijo- prefiero que me cosan a plomo en un combate callejero con los milicos.

Pensé que era el fin, y alcancé a imaginarlo como algo que hasta entonces sólo les podía suceder a otros, pero que ahora me había sucedido a mí sin remedio.

…tomé conciencia de que las seis semanas que dejaba detrás no eran las más heroicas de mi vida, como lo pretendía al llegar, sino algo más importante: las más dignas.