Gabriel García Márquez.
Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.
Quiero morirme en la seguridad de que me pondrán bajo tierra, como a la gente decente – prosigió ella-. Y la única manera de saberlo es yéndome a otra parte a rogar la caridad de que me entierren viva.
A mi edad -dijo la mujer- se tiene tanto tiempo para pensar, que uno termina por volverse adivino.
…hacía toda clase de cosas porque nunca tenía nada que hacer y además tenía una caja de herramientas y unas manos inteligentes
Cada disco les recordaba a alguien que había muerto, el sabor que tenían los alimentos después de un larga enfermedad, o algo que debían hacer al día siguiente, muchos años antes, y que nunca hicieron por olvido.
Sus recuerdos eran tan antiguos, que no existían discos suficientemente viejos para removerlos.
…y se asombró de que los ricos con hambre se parecieran tanto a los pobres.
Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba.
Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para morirse cuando encontró a la mujer de su vida.
Olvídate de la llave -dijo- y duérmete un rato conmigo. Es bueno estar con alguien cuando uno está solo.
…y me preguntó después qué haces en la vida, y yo le contesté que no hacía nada más que estar vivo porque todo lo demás no valía la pena…
…porque ahora sí van a saber quién soy yo, y siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del faro…..
…ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, y él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, y entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada de marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.
Te ves horrorosa -admitió- pero así es mejor: los hombres son muy brutos en asunto de mujeres.
La abuela comprendió que a un hombre que vivía de las esperanzas ajenas le sobraba tiempo para regatear.
-Doscientos cincuentra y cuatro piezas -le dijo- a cincuenta centavos cada una, mas treinta y dos en domingos y días feriados, a sesenta centavos cada una, son ciento cincuenta y seis con veinte.
El músico no recibió el dinero.
-Son ciento ochenta y dos con cuarenta -dijo-. Los valses son más caros.
-¿Y eso por qué?
-Porque son más tristes -dijo el músico.
La abuela lo obligó a que cogiera el dinero.
-Pues esta semana nos tocas dos piezas alegres por cada vals que te debo, y quedamos en paz.
-Y duerme despacio para que no te canses, que mañana es jueves, el día más largo de la semana.
Ulises permaneció contemplándola un largo rato sin despertarla, pero la contempló con tanta intensidad que Eréndira despertó.


