Anthony de Mello.
| Creo que ya fue el segundo libro que tuve de Anthony de Mello y esta vez las enseñanzas van en torno a los siguientes temas: Oración, Sensibilidad, Religión, Gracia, los Santos, El yo, Amor y Verdad. De nuevo, estos libros fueron de soporte en mi búsqueda espiritual. A ver, ¿qué cuentos corresponden a qué temas? Calificación de 9.0. |
 La oración de la rana 1 |
Tras muchos años de esfuerzos, un inventor descubrió el arte de hacer fuego. Tomó consigo sus instrumentos y se fue a las nevadas regiones del norte, donde inició a una tribu en el mencionado arte y sus ventajas. La gente quedó tane encantada con semejante novedad que ni siquiera se le ocurrió dar las gracias al inventor, el cual desapareció de allí un buen día sin que nadie se percatara. Como era uno de esos pocos seres humanos dotados de grandeza de ánimo, no deseaba ser recordado ni que le rindieran honores; lo único que buscaba era la satisfacción de saber que alguien se había beneficiado de su descubrimiento. La siguiente tribu a la que llegó se mostró tan deseosa de aprender como la primera. Pero sus sacerdotes, celosos de la influencia de aquél extraño, lo asesinaron y, para acallar cualquier sospecha, entronizaron un retrato del Gran Inventor en el altar mayor del templo, creando una liturgia para honrar su nombre y mantener viva su memoria y teniendo gran cuidado de que no se alterara ni se omitiera una sola rúbrica de la mencionada liturgia. Los instrumentos para hacer fuego fueron cuidadosamente guardados en un cofre, y se hizo correr el rumor de que curaban de sus dolencias a todo aquél que pusiera sus manos sobre ellos con fe. El propio Sumo Sacerdote se encargó de escribir una Vida del Inventor, la cual se convirtió en el libro sagrado, que presentaba su amorosa bondad como un ejemplo a imitar por todos, encomiaba sus gloriosas obras y hacía de su naturaleza sobrehumana un artículo de fe. Los sacerdotes se aseguraban del que el Libro fuera transmitido a las generaciones futuras, mientras ellos se reservaban el poder de interpretar el sentido de sus palabras y el significado de su sagrada vida y muerte, castigando inexorablemente con la muerte o la excomunión a cualquiera que se desviara de la doctrina por ellos establecida. Y la gente, atrapada de lleno en toda una red de deberes religiosos, olvidó por completo el arte de hacer fuego.
Un pobre campesino que regresaba del mercado a altas horas de la noche descubrió de pronto que no llevaba consigo su libro de oraciones. Entonces se le ocurrió orar del siguiente modo: “He cometido una verdadera estupidez, Señor: he salido de casa esta mañana sin mi libro de oraciones, y tengo tan poca memoria que no soy capaz de recitar sin él una sola oración. De manera que voya a hacer una cosa; voy a recitar cinco veces el alfabeto muy despacio, y tú, que conoces todas las oraciones, puedes juntar las letras y formar esas oraciones que yo soy incapaz de recordar”. Y el Señor dijo a sus ángeles: “De todas las oraciones que he escuchado hoy, ésta ha sido, sin duda alguna, la mejor, porque ha brotado de un corazón sencillo y sincero”.
En la antigüedad se concedía mucha importancia a los ritos védicos, de los que se decía que funcionaban tan “científicamente” que, cuando los sabios pedían la lluvia, jamás se producía una sequía. Así es que, conforme a dichos ritos, un hombre se puso a rezarle a Lakshmi, la diosa de la abundancia, para que le hiciera rico. Estuvo orando sin éxito durante diez largos años, al cabo de los cuales comprendió de pronto la naturaleza ilusoría de la riqueza y abrazó una vida de renuncia en el Himalaya. Un buen día, mientras se hallaba sentado y entregado a la meditación, abrió sus ojos y vió ante sí a una mujer extraordinariamente hermosa, tan radiante y resplandeciente como si fuera de oro. “¿Quién eres tú y qué haces aquí?” le preguntó. “Soy la diosa Lakshimi, a la que has estado rezando himnos durante doce años”, le respondió la mujer, “y he decidido aparecerme ante ti para concederte tu deseo”. “¿Ah, mi querida diosa!”, exclamó el hombre, “ahora ya he adquirido la dicha de la meditación y he perdido el deseo de las riquezas. Llegas demasiado tarde… Pero dime, ¿por qué has tardado tanto en venir?”. “Para serte sincxera”, respondió la diosa, “dada la fidelidad con que realizabas aquellos ritos, habrías acabado consiguiendo la riqueza, sin duda alguna. Pero, como te amaba y sólo deseaba tu bienestar, me resistí a concedértelo”.
Si pudieras elegir, ¿qué elegirías: que se te concediera lo que pides o la gracia de vivir en paz, aunque no la hubieras pedido?
La abuela: “¿Ya rezas tus oraciones cada noche?” El nieto: “¡Por supuesto!” “¿Y por las mañanas?” “No. Durante el día no tengo miedo”.
En el juego de naipes que llamamos vida cada cual juega lo mejor que sabe las cartas que le han tocado. Quienes insisten en querer jugar no las cartas que les han tocado, sino las que creen que debería haberles tocado, … son los que pierden el juego. No se nos pregunta si queremos jugar. No es ésa la opción. Tenemos que jugar. La opción es: cómo.
Había un leñador que se agotaba malgastando su tiempo y sus energías en cortar madera con un hacha embotada, porque no tenía tiempo, según él, para detenerse a afilar la hoja.
En el verano de 1946 corrió el rumor de que el espectro del hambre amenazaba a una determinada provincia de un país sudamericano. En realidad, los campos ofrecían un aspecto inmejorable, y el tiempo era ideal y auguraba una espléndida cosecha. Pero el rumor adquirió tal intensidad que 20.000 pequeños agricultores abandonaron sus tierras y se fueron a las sociedades. Con lo cual la cosecha fue un verdadero desastre, murieron de hambre miles de personas y el rumor resultó ser verdadero.
Una ostra divisó una perla suelta que había caído en una grieta de una roca en el fondo del océano. Tras grandes esfuerzos, consiguió recobrar la perla y depositarla sobre una hoja que estaba justamente a su lado. Sabía que los humanos buscaban perlas, y pensó: “Esta perla les tentará, la tomarán y me dejarán a mi en paz”. Sin embargo, llegó por ahí un pescador de perlas cuyos ojos estaban acostmbrados a buscar ostras, no perlas cuidadosamente depositadas sobre una hoja. De modo que se apoderó de la ostra -la cual no contenía perla, por cierto- y dejó que la perla rodara hacia abajo y cayera de nuevo en la grieta de la roca.
Sabes exactamente dónde mirar. Por eso no consigues encontrar a Dios.
El guru que se hallaba meditando en su cueva del Himalaya, abrió los ojos y descubrió, sentado frente a él, a un inesperado visitante: el abad de un célebre monasterio. “¿Qué deseas?”, le preguntó el guru. El abad le contestó una triste historia. En otro tiempo su monasterio había sido famoso en todo el mundo occidental, sus celdas estaban llenas de jóvenes novicios y en su iglesia resonaba el armonioso canto de sus monjes. Pero habían llegado malos tiempos: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu, la avalancha de jóvenes candidatos había cesado y la iglesia se hallaba silenciosa. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían triste y rutinariamente sus obligaciones. Lo que el abad quería saber era lo siguiente: “¿Hemos cometido algún pecado para que el monasterio se vea en esta situación?”. “Sí”, respondió el guru, “un pecado de ignorancia”. “¿Y qué pecado puede ser ese?”. “Uno de vosotros es el Mesías disfrazado, y vosotros no lo sabéis”. Y, dicho esto, el guru cerró sus ojos y volvió a su meditación. Durante el penosos viaje de regreso a su monasterio, el abad sentía cómo su corazón se desbocaba al pensar que el Mesías, ¡el mismísimo Mesías!, había vuelto a la tierra y había ido a parar justamente a su monasterio. ¿Cómo no había sido él capaz de reconocerle? ¿Y quién podría ser? ¿Acaso el hermano cocinero? ¿El hermano sacristán? ¿El hermano administrdor? ¿O sería él, el hermano prior? ¡No, él no! Por desgracia, el tenía demasiados defectos… Pero resulta que el guru había hablado de un Mesías “disfrazado”… “¿No serían aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos en el monasterio tenían defectos… ¡y uno de ellos tenía que ser el Mesías! Cuando llegó al monasterio, reunió a los monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros: ¿el Mesías… aquí? ¡Increíble! Claro que, si estaba disfrazado… entonces, tal vez… ¿Podría ser Fulano…? ¿O Mengano, o…? Una cosa era cierta: si el Mesías estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron a tratarse con respecto y consideración. “Nunca se sabe”, pensaba cada cual para sí, cuando trataba con otro monje, “tal vez sea este”. El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir docenas de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden, y en la iglesia volvió a escucharse el jubiloso canto de los monjes, radiantes del espíritu del Amor.
Un ateo cayó por un precipicio y, mientras rodaba hacia abajo, pudo agarrarse a una rama de un pequeño árbol, quedando suspendido a trescientos metros de las rocas del fondo, pero sabiendo que no podría aguantar mucho tiempo en aquella situación. Entonces tuvo una idea: “¡Dios!”, gritó con todas sus fuerzas. Pero sólo le respondió el silencio. “¡Dios!”, volvió a gritar. “¡Si existes, sálvame, y te prometo que creeré en ti y enseñaré a otros a creer!” ¡Más silencio! Pero, de pronto, una poderosa Voz, que hizo que retumbara todo el cañón, casi le hace soltar la rama del susto: “Eso es lo que dicen todos cuando están en apuros”. “¡No, Dios, no!”, gritó el hombre, ahora un poco más esperanzado. “¡Yo no soy como los demás! ¿Por qué había de serlo, si ya he empezado a creer al haber oído por mi mismo tu Voz? ¿O es que no lo ves? ¡Ahora todo lo que tienes que hacer es salvarme, y yo proclamaré tu nombre hasta los confines de la tierra!”. “De acuerdo”, dijo la Voz, “te salvaré. Suelta esa rama”. “¿Soltar la rama?”, gimió el pobre hombre. “¿Crees que estoy loco?”.
No por mantener el termómetro elevado a base de echarle aliento vas a calentar la habitación.
Cuando la Hermana preguntó a los niños en clase que querían ser cuando fuesen mayores, el pequeño Tommy dijo que quería ser piloto. Elsie respondió que quería ser médico. Bobby, para satisfacción de la Hermana, afirmó que quería ser sacerdote. Al fin, se levantó Mary y dijo que quería ser prostituta. “¿Qué has dicho, Mary? ¿Querrías repetirlo?”. “Cuando sea mayor”, dijo Mary con ese aspecto de quien sabe exactamente lo que quiere, “Seré una prostituta”. La Hermana se quedó viendo visiones. Inmediatamente, Mary fue separada del resto de los niños y enviada al capellán. Al capellán le habían explicado los hechos a grandes líneas, pero quería comprobarlos personalmente. “Mary,”, le dijo a la niña, “dime con tus propias palabras lo que ha ocurrido”. “Bueno,” dijo Mary, un tantop desconcertada por todo aquel lío, “la Hermana me pregunto que qué quería ser cuando fuera mayor, y yo le dije que quería ser una prostituta”. “¿Has dicho ‘prostituta’?”, preguntó el capellán recalcando la última palabra. “Si”. “¡Cielos, qué alivio! ¡Todos habíamos creído que habías dicho que querías ser protestante!”
Un pecador público fue excomulgado y se le prohibió entrar en la Iglesia. Entonces le presentó sus quejas a Dios: “No quieres dejarme entrar, señor, porque soy un pecador…” “¿Y de qué te quejas?”, le dijo Dios, “Tampoco a mi me dejan entrar”.
En un determinado lugar de una accidentada costa, donde eran frecuentes los naufragios, había una pequeña y destartalada estación de salvamento que constaba de una simple cabaña y un humilde barco. Pero las pocas personas que la atendían lo hacían con verdadera dedicación, vigilando constantemente el mar e internándose en él intrépidamente, sin preocuparse de su propia seguridad, si tenían la mas ligera sospecha de que en alguna parte había un naufragio. De ese modo salvaron muchas vidas y se hizo famosa la estacion. Y a medida que crecía dicha fama, creció tambien el deseo, por parte de los habitantes de las cercanias, de que se les asociara a ellos con tan excelente labor. Para lo cual se mostraron generosos a la hora de ofrecer su tiempo y su dinero, de manera que se amplió la plantilla de socorristas, se compraron nuevos barcos y se adiestró a nuevas tripulaciones. También la cabaña fue sustituída por un confortable edificio capaz de satisfacer adecuadamente las necesidades de los que habian sido salvados del mar y, naturalmente, como los naufragios no se producen todos los días, se convirtió en un popular lugar de encuentro, en una especie de club local. Con el paso del tiempo, la vida social se hizo tan intensa que se perdió casi todo el interes por el salvamento, aunque, eso si, todo el mundo ostentaba orgullosamente las insignias con el lema de la estación. Pero, de hecho, cuando alguien era rescatado del mar, siempre podia detectarse el fastidio, porque los naufragos solian estar sucios y enfermos y ensuciaban la moqueta y los muebles.Las actividades sociales del club pronto se hicieron tan numerosas, y las actividades de salvamento tan escasas, que en una reunion del club se produjo un enfrentamiento con algunos miembros que insistían en recuperar la finalidad y la actividad originarias. Se procedió a una votación, y aquellos alborotadores, que demostraron ser minoría, fueron invitados a abandonar el club y crear otro por su cuenta. Y esto fue justamente lo que hicieron: crear otra estación en la misma costa, un poco mas allá, en la que demostraron tal desinteres de sí mismos y tal valentía que se hicieron famosos por su heroísmo. Con lo cual creció el numero de sus miembros, se reconstruyó la cabaña… y acabó apagándose su idealismo. Si, por casualidad, visita usted hoy aquella zona, se encontrara con una serie de clubs selectos a lo largo de la costa, cada uno de los cuales se siente orgulloso, y con razón, de sus orígenes y de su tradición. Todavía siguen produciéndose naufragios en la zona, pero a nadie parecen preocuparle demasiado.
En una pequeña ciudad, un hombre marcó el teléfono el 016 y pidió que le pusieran con Información. Al otro lado del teléfono se oyó la voz de una mujer: “Lo siento, tendrá que marcar el 015″. Cuando hubo marcado el 015, le pareció escuchar la misma voz. Entonces dijo: “¿No es usted la señora con la que acabo de hablar?” “Lo soy”, respondió la voz. “Es que hoy cubro los dos servicios”.
El mullah Nasrudin se encontró un diamante al borde de la carretera. Según la ley, el que encuentra algo sólo puede quedarse con ello si anuncia su hallazgo, en tres ocasiones distintas, en el centro de la plaza del mercado. Como Nasrudin tenía una mentalidad demasiado religiosa como para hacer caso omiso de la ley, y además era demasiado codicioso como para correr el riesgo de tener que entregar lo que había encontrado, acudió durante tres noches consecutivas al centra del mercado de la plaza, cuando estaba seguro de que todo el mundo estaba durmiendo, y allí anunció con voz apagada: “He encontrado un diamante en la carretera que conduce a la ciudad. Si alguien sabe quién es su dueño, que se ponga en contacto conmigo cuanto antes”. Naturalmente, nadie se enteró de las palabras del mullah, excepto un hombre que, casualmente, se encontraba asomado a su ventana la tercera noche y oyo como el mullah decía algo entre dientes. Cuando quiso averiguar de qué se trataba, Nasrudin le replicó: “Aunque no estoy en absoluto obligado a decírtelo, te diré algo: como soy un hombre religioso, he acudido aquí esta noche a pronunciar ciertas palabras en cumplimiento de la ley”.
Propiamente, para ser malo no necesitas quebrantar la ley. Basta con que la observes a la letra.
Cuando las personas están alegres, siempre son buenas; mienbtras que, cuando son buenas, rara vez están alegres.
Se hallaba un sacerdote sentado en su escritorio, junto a la ventana, preparando un sermón sobre la Providencia. De pronto oyó algo que le pareció una explosión, y a continuación vió cómo la gente corría enloquecida de un lado para otro, y supo que había reventado una presa, que el río se había desbordado y que la gente estaba siendo evacuada. El sacerdote comprobó que el agua había alcanzado ya a la calle en la que él vivía, y tuvo cierta dificultad en evitar dejarse dominar por el pánico. Pero consiguió decirse a sí mismo: “Aquí estoy yo, preparando un sermón sobre la Providencia, y se me ofrece la oportunidad de practicar lo que predico. No debo huir con los demas, sino quedarme aquí y confiar en que la providencia de Dios me ha de salvar”. Cuando el agua llegaba ya a la altura de su ventana, paso por allí una barca llena de gente. “¡Salte adentro, Padre!”, le gritaron. “No, hijos míos”, respondió el sacerdote lleno de confianza, “yo confío en que me salve la providencia de Dios”. El sacerdote subió al tejado y, cuando el agua llegó hasta allí, paso otra barca llena de gente que volvió a animar encarecidamente al sacerdote a que subiera. Pero él volvió a negarse. Entonces se encaramó a lo alto del campanario. Y cuando el agua le llegaba ya a las rodillas, llegó un agente de policía a rescatarlo con una motora. “Muchas gracias, agente”, le dijo el sacerdote sonriendo tranquilamente, “pero ya sabe usted que yo confío en Dios, que nunca habrá de defraudarme”. Cuando el sacerdote se ahogó y fue al cielo, lo primero que hizo fue quejarse ante Dios: “¡Yo confiaba en ti! ¿Por qué no hiciste nada por salvarme?” “Bueno”, le dijo Dios, “la verdad es que envié tres botes, ¿no lo recuerdas?”
Un discípulo llegó a lomos de su camello ante la tienda de su maestro sufi. Desmontó, entró en la tienda, hizo una profunda reverencia y dijo: “Tengo tan gran confianza en Dios que he dejado suelto a mi camello ahí afuera, porque estoy convencido de que Dios protege los intereses de los que le aman”. “¡Pues sal afuera y ata tu camello, estúpido!”, le dijo el maestro. “Dios no puede ocuparse de hacer en tu lugar lo que eres perfectamente capaz de hacer por ti mismo”
Un hombre se perdió en el desierto. Y más tarde refiriendo su experiencia a sus amigos, le scontó cómo, absolutamente desesperado, se había puesto de rodillas y había implorado la ayuda de Dios. “¿Y respondió Dios a tu plegaria?”, le preguntaron. “¡Oh, no! Antes de que pudiera hacerlo, apareció un explorador y me indicó el camino”.
Un hombre bastante piadoso, que estaba pasando apuros económicos, decidió orar de la siguiente manera: “Señor, acuérdate de los años que te he servido como mejor he podido y sin pedirte nada a cambio. Ahora que soy viejo y estoy arruinado, voy a pedirte, por primera vez en mi vida, un favor que estoy seguro que no me vas a negar: haz que me toque la lotería”. Pasaron días, semanas, meses… ¡y nada! Por fin, casi a punto de desesperarse, gritó una noche: “¿Por qué no me haces casos Señor?” Y entonces oyó la voz de Dios que le replicaba: “¡Hazme caso tú a mí! ¿Por qué no compras un billete de lotería?”.
Era frecuente ver al párroco charlando animadamente con una hermosa mujer de mala reputación, y además en público, para escándalo de sus feligreses. De manera que le llamó el obispo para echarle un rapapolvo. Y una vez que el obispo le hubo reprendido, el sacerdote le dijo: “Mire usted, monseñor, yo siempre he pensado que es mejor charlar con una mujer guapa y con el pensamiento puesto en Dios que orar a Dios y con el pensamiento puesto en una mujer guapa”.
Tanto aquello de lo que huyes como aquello por lo que suspiras está dentro de ti.
Un joven que buscaba un Maestro capaz de encauzarle por el camino de la santidad llegó a un “ashram” presidido por un guru que, a pesar de gozar de una gran fama de santidad, era un farsante. Pero el otro no lo sabia. “Antes de aceptarte como discípulo”, le dijo el guru, “debo probar tu obediencia. Por este “ashram” fluye un río plagado de cocodrilos. Deseo que lo cruces a nado”. La fe del joven discípulo era tan grande que hizo exactamente lo que se le pedía: se dirigió al río y se introdujo en él gritando: “¡Alabado sea el poder de mi guru!” Y, ante el asombro de este, el joven cruzó a nado hasta la otra orilla y regreso del mismo modo, sin sufrir el mas mínimo dano. Aquello convenció al guru de que era aún más santo de lo que había imaginado, de modo que decidió hacer a todos sus discípulos una demostración de su poder que acrecentara su fama de santidad. Se metió en el río gritando: “¡Alabado sea yo! ¡Alabado sea yo!”, y al instante llegaron los cocodrilos y lo devoraron.
Todo lo que hace falta para descubrir al “ego” es una palabra de adulación o crítica.
Hay un solo motivo de todos los males de la tierra: “¡Esto me pertenece!”.
Una leyenda de los Upanishads: “El sabio Uddalaka enseñó a su hijo Svetaketu a descubrir al Uno tras la apariencia de lo múltiple. Y lo hizo valiéndose de “parabolas” como la siguiente: Un día le ordenó
a su hijo: “Pon toda esta sal en agua y vuelve a verme por la mañana”. El muchacho hizo lo que se le había ordenado, y al día siguiente le dijo su padre: “Por favor, tráeme la sal que ayer pusiste en el agua”. “No la encuentro”, dijo el muchacho. “Se ha disuelto”. “Prueba el agua de esta parte del plato”, le dijo Uddalaka. “¿A qué sabe?”. “A sal”. “Sorbe ahora de la parte del centro. “¿A qué sabe?”. “A sal”. “Ahora prueba del otro lado del plato. “¿A qué sabe?”. “A sal”. “Arroja al suelo el contenido del plato”, dijo el padre. Así lo hizo el muchacho, y observó que, una vez evaporada el agua, reaparecía la sal. Entonces le dijo Uddalaka: “Tú no puedes ver a Dios aquí, hijo mío, pero de hecho está aquí”.
Estaba ardiendo una fábrica, y el anciano propietario lloraba desconsolado su pérdida. “¿Por qué lloras, papá?”, le preguntó su hijo. “¿Has olvidado que hemos vendido la fábrica hace cuatro días?”. Y el anciano dejó inmediatamente de llorar.
Dos amigas se encuentran al cabo de muchos años. “Cuéntame”, dice una de ellas, “¿Qué fue de tu hijo?” “¿Mi hijo?”, responde la otra suspirando. “¿Pobre hijo mio…! iQue mala suerte ha tenido…! Se casó con una chica que no da golpe en su casa. No quiere cocinar ni coser ni lavar ni limpiar… Se pasa el día en la cama holgazaneando, leyendo o durmiendo. ¿Querras creer que el pobre muchacho tiene incluso que llevarle el desayuno a la cama?” “¡Es espantoso! ¿Y que ha sido de tu hija?” “¡Ah, esa sí que ha tenido suerte! Se casó con un verdadero ángel. Figúrate que no permite que ella se moleste para nada. Tiene criados que cocinan, cosen, lavan, limpian y lo hacen todo. ¡Y querras creer que él le lleva todas las mañanas el desayuno a la cama? Todo lo que hace es dormir cuanto quiere, y el resto del dia lo emplea en descansar y leer en la cama”.
Tras una acalorada discusión con su mujer, el hombre acabó diciendo: “¿Por qué no podemos vivir en paz como nuestros dos perros, que nunca se pelean?” “Claro que no se pelean”, reconoció la mujer. “¡Pero átalos juntos, y verás lo que ocurre!”.
Un día, Abraham invitó a un mendigo a comer en su tienda. Cuando Abraham estaba dando gracias, el otro empezó a maldecir a Dios y a decir que no soportaba oír Su Santo Nombre. Presa de indignación, Abraham echó al blasfemo de su tienda. Aquella noche, mientras estaba haciendo sus oraciones, le dijo Dios a Abraham: “Ese hombre ha blasfemado de mi y me ha injuriado durante cincuenta años y, sin embargo, yo le he dado de comer todos los días. ¿No podías haberlo soportado tú durante un solo almuerzo?”.
Se afirmaba en la aldea que una anciana tenía apariciones divinas, y el cura quería pruebas de la autenticidad de las mismas. “La próxima vez que Dios se te aparezca”, le dijo, “pídele que te revele mis pecados, que solo El conoce. Esa será una prueba suficiente”. La mujer regresó un mes más tarde, y el cura le preguntó si se le había vuelto a aparecer Dios. Y al responder ella que si, le dijo: “¿Y le pediste lo que te ordene?”. “Si, lo hice”. “¿Y que te dijo El?” “Me dijo: “Dile al cura que he olvidado sus pecados”.
¿Será posible que todas las cosas horribles que has hecho hayan sido olvidadas por todos… menos por ti?
Estaba un día Diógenes plantado en la esquina de una calle y riendo como un loco. “¿De qué te ríes?”, le preguntó un transeúnte. “¿Ves esa piedra que hay en medio de la calle? Desde que llegué aquí esta mañana, diez personas han tropesado en ella y han maldecido, pero ninguna de ellas se ha tomado la molestia de retirarla para que no tropezaran otros.
Durante un ensayo con la orquesta, el director le dijo al trompetista: “Pienso que este pasaje requiere… ¿cómo le diría yo?… un enfoque más wagneriano…; no sé si me explico… Quiero decir: algo más enérgico, por así decirlo; algo más acentuado, con más cuerpo, más profundo, más…”. El trompetista le interrumpió: “¿Quiere que toque más fuerte, señor?” “¡Si, eso es lo que quiero decir!”, fue todo cuanto pudo decir el pobre director.
Si tienes un reloj sabes qué hora es. Si tienes dos relojes, nunca estarás seguro.
En una pequeña ciudad se produjo un accidente de tráfico. En torno a la víctima se apiñó tanta gente que un periodista que pasaba por allí no conseguía acercarse lo suficiente para verlo. Entonces tuvo una idea. “¡Déjenme pasar, por favor!”, empezó a decir mientras se abría paso a codazos. “Soy el padre de la víctima”. La gente le dejó pasar para que pudiera acercarse al lugar del accidente y descubrir, abochornado, que la víctima era un mono.